AMLO no derrama lagrimas ajenas.

A decir verdad

Por, Rubén Iñiguez

Desafortunadas, crueles y sarcásticas fueron las declaraciones del presidente Andrés Manuel, respecto de la tragedia ocurrida en San José de Gracia, Michoacán; pues afirma que pudo haber sido una invención de los conservadores que buscan por todos los medios, desacreditar a su gobierno, Por lo que en Palacio Nacional no creen en lágrimas ajenas, más que las del mandatario federal.

Bajo el criterio absurdo de no tener los cadáveres al portador, el presidente se burló de una masacre y pasó a intentar desacreditar al Diario Reforma, que publicó en uno de sus titulares las frecuentes matanzas que ha propiciado el crimen organizado en México.

Durante su mandato, ha tenido un pésimo manejo de la imagen presidencial, cuya seriedad cada día es menor para hablar de este tipo de temas que preocupan y ocupan al país. Escatima en sus lágrimas cuando se refiere a tragedias que están fuera de su entorno familiar, pues el crimen organizado, que, dicho sea de paso, ha azotado a un sinfín de poblaciones y ciudades, no le han merecido ni una sola lagrima, ni mucho menos una actitud de solidaridad humana. Simplemente no hay empatía hacía sus gobernados.

El presidente que se proclamó cristiano, se ufanó de sus virtudes y condenó a sus adversarios, como si fuera inmaculado, pero no siente nada por su prójimo. A no ser que el asunto pueda convertirse en algo útil para sus fines políticos, las muertes y desgracias ajenas no lo inmutan, no le causan ningún sentimiento de tristeza, pues solo se pone melancólico, cuando hablan de los lujos y excesos que ha tenido su primogénito.

Las tragedias han sido soslayadas, minimizadas, la de San José de Gracia, Michoacán; va por el camino que puso el caudillo, con las autoridades que consideran que es un suceso ligero, intrascendente. Es decir, se llega al extremo de negarla, de reducirla, de no encontrarla digna de su atención.

Podemos enumerar varios sucesos trágicos que han ocurrido durante el actual sexenio de López Obrador, desde la caída de la línea 12 del tren en la CDMX, un suceso que les importó poco a él y a su candidata favorita para la sucesión presidencial, Claudia Sheinbaum.

También se desmarcó se la tragedia de Tlahuelilpan, Hidalgo, en donde murieron 137 personas, luego de la explosión provocada por una fuga de gasolina en dicha zona.

La tragedia de la familia Le Barón en Sonora, los colectivos de “las madres buscadoras” que recorren todo el país para encontrar restos de sus familiares desaparecidos. Ellos tampoco han merecido ni una sola lagrima del presidente.

Los muertos de Ayotzinapa, utilizados primero como ariete contra el gobierno anterior, hoy resultan evidentemente incómodos.

Tampoco le merecieron conmoción ni consideración los pobres de Tabasco, que tuvieron que ser inundados, para evitar que “pobladores mejor acomodados” pudieran inundarse también. el mismo admitió que decidió perjudicar a los pobres con una inundación que supervisó dos meses después, desde un vuelo de un helicóptero militar, pues le molestaba la idea de mojarse sus zapatos importados.

Este es el presidente que cree que se gana el corazón de los mexicanos viajando en vuelos comerciales, con discursos de pobreza franciscana o con su fracasada estrategia de “abrazos y no balazos”

Andrés Manuel, solamente tiene ojos para su familia y para sus principales allegados. Solo ellos le interesan, no le importan las tragedias, la pobreza, o los sufrimientos de los mexicanos.

AMLO es capaz de llorar por lo que considera calumnias hacia su familia, pero ya nos demostró que no derramará una sola lagrima por las desgracias ajenas.