Por Dr. Omar Bazán Flores
Durante muchos años he estudiado la economía circular convencido de que representa uno de los grandes cambios económicos, productivos y ambientales de nuestro tiempo.
Pero existe una idea que debemos dejar muy clara: economía circular no significa reciclar todo.
Circularidad significa aprovechar responsablemente los recursos, prolongar la vida de los materiales, reducir desperdicios y generar valor económico disminuyendo al mismo tiempo el impacto ambiental. Pero para que ese círculo funcione necesita algo indispensable: seguridad, conocimiento y trazabilidad.
Chihuahua conoce muy bien lo que puede suceder cuando un material entra nuevamente a una cadena productiva sin saber exactamente de dónde viene.
En 1984 nuestro estado quedó en el centro de uno de los accidentes radiológicos más importantes registrados en México.
Una fuente de Cobalto-60 asociada a un equipo médico terminó fuera de los controles adecuados. El material llegó a una cadena de chatarra en Ciudad Juárez y posteriormente contaminó acero que fue procesado y transformado en distintos productos, entre ellos varilla para construcción.
El problema dejó de pertenecer entonces a un solo establecimiento.
Pasó a formar parte de una cadena productiva.
Y ahí comienza una reflexión profundamente vinculada con la economía circular.
El residuo también necesita identidad
Cuando hablamos de economía circular pensamos normalmente en una botella que vuelve a convertirse en materia prima, en acero recuperado para fabricar nuevos productos, en componentes electrónicos reutilizados o en residuos industriales aprovechados nuevamente.
Ese es precisamente el objetivo: dejar atrás el modelo lineal de extraer, producir, consumir y desechar, para construir otro basado en reducir, reutilizar, reparar, recuperar, remanufacturar y reciclar.
Pero existe una condición fundamental.
Tenemos que conocer la historia del material.
¿De dónde proviene?
¿Quién lo utilizó?
¿Con qué sustancias estuvo en contacto?
¿Puede reincorporarse de manera segura?
¿Quién certificó su recuperación?
¿A qué empresa se entregó?
¿En qué nuevo producto terminó?
Eso es trazabilidad.
Y la tragedia del Cobalto-60 ocurrida hace más de cuatro décadas nos demuestra dramáticamente por qué la trazabilidad debe formar parte de cualquier modelo serio de economía circular.
Una pieza de chatarra aparentemente podía tener un valor económico.
El acero podía fundirse nuevamente.
Industrialmente parecía aprovechable.
Pero existía una externalidad invisible: estaba contaminado.
El mercado podía reconocer el precio de la tonelada de metal, pero no necesariamente incorporaba el costo potencial del riesgo trasladado a trabajadores, empresas, compradores, gobiernos y sociedad.
Esa es también una importante lección económica.
El costo que no aparece en la factura
Como economista, considero que uno de los grandes retos de la circularidad consiste precisamente en incorporar al análisis todos los costos.
Cuando una empresa recupera un material obtiene un beneficio económico y ambiental porque evita utilizar determinados recursos vírgenes.
Pero si ese material contiene sustancias peligrosas y no existe control suficiente, el supuesto ahorro puede transformarse en un enorme costo social.
Aparecen entonces gastos de localización, inspección, descontaminación, confinamiento, sustitución de materiales y vigilancia, además de posibles afectaciones económicas y sociales.
Es lo que en economía identificamos como una externalidad: una actividad puede generar costos que terminan pagando personas que nunca participaron en la decisión original.
Por eso la verdadera economía circular no transfiere los costos ambientales de una generación a otra ni de una empresa a la sociedad.
Los previene.
No todo residuo debe regresar al círculo
Esta es quizá una de las enseñanzas más importantes.
Hay materiales que debemos recuperar.
Otros pueden repararse.
Algunos pueden remanufacturarse.
Muchos pueden reciclarse.
Pero existen residuos que, debido a su peligrosidad, requieren tratamiento, aislamiento, confinamiento o procedimientos especializados.
Pretender mantener absolutamente todos los materiales circulando sería confundir circularidad con reciclaje indiscriminado.
Un residuo peligroso no deja de ser peligroso solamente porque tenga valor comercial.
El desarrollo sustentable exige identificar claramente cuándo cerrar un ciclo productivo y cuándo interrumpirlo para proteger la salud humana y el medio ambiente.
De Chihuahua 1984 a Chihuahua 2030
También debemos mirar hacia adelante.
Hoy Chihuahua es una potencia industrial, manufacturera, minera, agroindustrial y exportadora. Estamos avanzando hacia sectores como semiconductores, microelectrónica, electromovilidad, automatización, Inteligencia Artificial y manufactura avanzada.
La nueva economía generará también nuevos tipos de residuos.
Baterías, tarjetas electrónicas, sensores, componentes, metales estratégicos y equipos tecnológicos contienen materiales de enorme valor económico, pero algunos requieren procesos especializados para su recuperación.
La economía circular del futuro deberá ser, por ello, una economía circular inteligente.
Imagino sistemas donde cada material importante pueda contar con una especie de pasaporte digital: conocer su origen, composición, utilización, reparaciones, transformaciones y destino final.
La Inteligencia Artificial puede ayudarnos a identificar materiales, analizar enormes bases de datos, anticipar riesgos y optimizar cadenas de reciclaje.
Los sensores pueden detectar contaminantes.
La digitalización puede seguir los movimientos de los residuos.
Y los sistemas de información pueden conectar a productores, recicladores, autoridades y consumidores.
Pero detrás de toda esa tecnología debe continuar existiendo una decisión humana responsable.
Chihuahua puede aprender de su propia historia
México enfrenta todavía un desafío enorme en materia de residuos. Necesitamos mayor infraestructura, mejores sistemas de información, trazabilidad y una cultura que deje de considerar el residuo simplemente como basura.
El residuo puede convertirse en recurso.
Puede generar empleo.
Puede reducir costos.
Puede crear nuevas empresas.
Puede disminuir nuestra dependencia de materias primas.
Puede convertirse incluso en una ventaja competitiva para Chihuahua.
Pero únicamente cuando sabemos qué estamos recuperando y bajo qué condiciones vuelve a la economía.
Por eso el episodio del Cobalto-60 no debería quedar solamente como una historia sorprendente de los años ochenta.
Debe estudiarse en nuestras universidades.
Debe analizarse en las carreras técnicas.
Debe conocerse en ingeniería, economía, medio ambiente, metalurgia, seguridad industrial y administración pública.
Porque contiene una lección extraordinariamente vigente:
la circularidad sin trazabilidad puede multiplicar un problema en lugar de resolverlo.
Hace más de cuarenta años, un material aparentemente destinado al desperdicio encontró una segunda vida dentro de la economía.
El problema fue que nunca debió encontrarla de esa manera.
Aquella historia nos recuerda que un material puede tener precio y al mismo tiempo representar un enorme costo social.
Por eso, como economista dedicado al estudio de la economía circular, estoy convencido de que el futuro no consiste simplemente en reciclar más.
Consiste en producir mejor, consumir responsablemente, recuperar inteligentemente y garantizar que cada material que regrese a nuestra economía lo haga de manera segura y trazable.
La economía circular debe cerrar ciclos.
Pero jamás debemos cerrar los ojos.
Dr. Omar Bazán Flores
Economista e investigador en Economía Circular
