Tras pasar este 8 de marzo, quiero recordar a todas las mujeres que con esfuerzo y constancia logran hacer la diferencia en la sociedad. Si bien popularmente se ha dicho que esta fecha no es motivo de felicitación, yo quiero expresar mis felicitaciones al trabajo que muchas mujeres han realizado en favor del bien común.
Haciendo memoria de grandes figuras, me vino a la mente una en especial; una mujer cuyo rostro dibujé en la preparatoria para una clase de enfermería, dibujo que realicé para una enfermera practicante. Quiero recordar a Florence Nightingale, una gran mujer que revolucionó la ciencia y la práctica en materia de higiene, sentando las bases de la enfermería moderna y de la salud pública.
Nightingale transformó de manera radical los procesos de enfermería en medio de la adversidad de la Guerra de Crimea, entre 1853 y 1856. Implementó de manera innovadora para su tiempo medidas estrictas de higiene y limpieza en los hospitales militares para frenar las muertes por falta de salubridad. Ella, junto a 38 mujeres voluntarias y en su mayoría sin experiencia, partieron hacia el frente, atravesando el Mar Negro hasta llegar a la base de operaciones británica en Scutari.
Al llegar al frente, Nightingale se percató inmediatamente de que los soldados heridos recibían tratamientos inadecuados por parte de un equipo médico que se veía superado por la situación y que contaba, además, con generales poco preocupados por las condiciones de los hombres. Nightingale y su equipo notaron que morían más soldados a causa de infecciones que por heridas de guerra, por lo cual se pusieron a trabajar de inmediato. Ella ordenó que se realizaran limpiezas periódicas y mejoró la ventilación de los hospitales, lo que redujo la mortalidad rápidamente.
Tras terminar la guerra, Nightingale ya se había ganado el reconocimiento en The Times con un artículo publicado el 8 de febrero de 1855. No obstante la gratificación y la fama, ella pidió audiencia con la Reina Victoria y solicitó a la monarca que se establecieran normas estrictas de higiene en todos los centros hospitalarios. Su lucha no se detuvo ahí: en 1860 inauguró una escuela de adiestramiento de enfermeras en el Hospital St. Thomas y fue ahí donde comenzó a escribir sobre las reformas sanitarias necesarias.
En 1883 recibió la Real Cruz Roja por parte de la Reina Victoria y, posteriormente, recibió la Orden del Mérito; fue la primera vez que una mujer recibía tal reconocimiento en la historia. Finalmente, en 1908 recibió las llaves de la ciudad de Londres. Por su arduo trabajo, Dios le concedió el privilegio de morir mientras dormía el 13 de agosto de 1910, casualmente, el día de la enfermera.
Quiero destacar tres grandes lecciones de su vida:
- Un liderazgo extraordinario: Se enfrentó a una situación de salud superada por la guerra, pero hizo la diferencia dando resultados con la colaboración de 38 voluntarias. Logró lo que un verdadero líder debe hacer: hacer de gente ordinaria, cosas extraordinarias.
- Una mujer de iniciativa: El hecho de solicitar audiencia con la Reina para establecer una reforma de salud pública la define como una mujer profundamente interesada en el bien común y en el cambio estructural.
- Una vida trascendental: No se limitó al trabajo de la guerra o al reconocimiento de la prensa. Abrió una escuela para perfeccionar su labor y transmitirla a muchas mujeres más, dejando un legado tangible para toda la humanidad.
Es este tipo de mujeres las que necesitamos hoy en día: mujeres que hacen la diferencia, una diferencia abismal en beneficio del bien común. Figuras como Florence Nightingale son, sin duda, una fuente de inspiración tanto para mujeres como para hombres que aspiran a servir a su nación.
