lunes, febrero 16, 2026
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Cicatrices de la intolerancia en un estado dogmático

by EdiciónJuárez
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Por: Pbro. Carlos Muñoz Caselin

En 2026 se cumplen cien años del inicio de un conflicto que derramó la sangre de innumerables mexicanos, cuyo único “delito” fue profesar la fe católica. Esta guerra civil, conocida por pocos como la Cristiada, ha sido deliberadamente silenciada por la educación pública y criminalmente ignorada en los libros de texto oficiales.

La Guerra Cristera (1926-1929) fue un levantamiento armado en el que el gobierno de Plutarco Elías Calles persiguió violentamente a la población por practicar la religión católica. Para dar un maquillaje de legalidad a esta persecución, se promulgó la llamada “Ley Calles”. El conflicto concluyó con un supuesto acuerdo entre la jerarquía eclesiástica y el gobierno, pero la traición que este implicó resultó en más asesinatos en los años posteriores que durante la guerra misma, dejando una herida profunda y duradera en la sociedad mexicana.

Resulta vergonzoso que este momento crucial de nuestra historia haya sido más difundido por el cine extranjero que por nuestras propias autoridades.

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El conflicto no nació de la nada. Fue la culminación de décadas de acciones gubernamentales que buscaron no solo separar a la Iglesia del Estado, sino erradicar su influencia de manera radical y autoritaria, en parte por la creciente influencia de la masonería y el comunismo. La Ley Calles fue solo la gota que derramó el vaso.

La herida histórica de la Cristiada no ha sanado, y el Estado sigue restregando la herida, con pretextos variados. Un gobierno que se autoproclamaba laico, pero que en realidad era y sigue siendo profundamente anticlerical. Esa hipocresía no ha cambiado. ¿Cómo puede llamarse laico un Estado que promueve ceremonias paganas mientras autoriza la demolición de templos católicos, como ocurrió hace algunos años en la Ciudad de México? ¿O que introduce rituales de hechicería en libros de texto bajo el pretexto de promover “culturas originarias”? Un Estado verdaderamente laico debería mantenerse al margen de cualquier manifestación religiosa, sin importar su origen.

Esta incongruencia es la misma que se practicaba oficialmente en tiempos de Plutarco Elías Calles. El gobierno practica realmente aquello que por décadas le criticó falsamente a la Iglesia: el dogmatismo, el oscurantismo y la intolerancia. Historiadores serios como José Manuel Villalpando han señalado cómo el Estado ha intentado replicar y sustituir las ceremonias católicas con rituales civiles burdamente copiados. Un claro ejemplo es cómo el calendario conmemora cada 21 de marzo el “natalicio” de Benito Juárez, usando un término reservado para la Natividad, como si se tratara de un salvador. El resto de los mexicanos tenemos cumpleaños; solo el personaje más emblemático de la masonería en México tiene un “natalicio”.

La lección de la Cristiada es clara: la fe, cuando es atacada, debe ser defendida. Aquellos mártires no lucharon en vano. Nos recordaron que la libertad religiosa no es una concesión del gobierno, sino un derecho inalienable. Hoy, la lucha no se libra con rifles, sino con la palabra, la conciencia y la acción cívica. Ante un Estado que insiste en su hipocresía, es nuestro deber, como herederos de esa resistencia, alzar la voz y defender los principios de la verdadera libertad, tal como lo hicieron los cristeros. Que su grito de “¡Viva Cristo Rey y Santa María de Guadalupe!” sigue resonando en las virtudes y el actuar de cada uno de nosotros como un entrenamiento permanente que nos mantenga atentos y nos prepare para enfrentar las modernas persecuciones que hoy nos toca vivir. 

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