Por José I. Cepeda
Estamos a pocos días de festejar en México, el “Día de las Madres”. Millones de hijos
en toda la república se preparan para regalar flores, llevar música, invitar a comer o
simplemente convivir en casa con el ser que les dio la vida y se ha mantenido
pendiente de su crianza y desarrollo personal. Las tiendas de regalos se engalanan de
artículos propios para esta festividad. Representa una gran tradición en nuestro país
mostrar el amor que se les tiene.
Sin embargo, no todas las madres recibirán el cariño de sus hijos de forma presencial.
Miles de hijos, tanto mujeres como varones, se vieron en la necesidad de migrar a la
unión americana en busca de mejores condiciones de vida bajo la situación precaria en
que vivían en sus lugares de origen. Pocos han podido arreglar su estancia legal en
EUA; la mayoría son ilegales en un país que, si bien genera oportunidades de
desarrollo económico, también oprime y paga salarios por menor de la media de los
ciudadanos estadounidenses.
En medios de comunicación, constantemente vemos entrevistas con madres que tienen
hasta treinta años sin ver a sus hijos porque el riesgo de volver a México y quererse
regresar es cada vez más complejo y oneroso por las políticas migratorias de la
administración Trump. Las violentas redadas de ICE contra migrantes mexicanos
ilegales es abrumadora y la deportación ha sido inminente, muchas veces ni siquiera a
su país de origen, sino a otros países en donde no conocen a nadie y en condiciones
de recurso mínimos.
Esta circunstancia ha provocado el aumento exorbitante de los precios en el costo para
cruzar la frontera de Mexico a EUA por parte de los “polleros” , bandas de crimen
organizado que se benefician de la necesidad ajena.
Estas madres pueden hablar con sus hijos por llamadas telefónicas o celular, pero no
los pueden tocar, abrazar, darles un beso y solo les queda el consuelo de saber que
están bien.
Pero existen otras madres que no tienen la misma suerte. Miles de ellas viven en la
soledad por el abandono de sus hijos, la indiferencia y el desapego. No habrá quien las
visite, quien les llame, quien les bride un poco de cariño. En el mejor de los casos, terminan en asilos o centros de atención para adultos mayores públicos o del sector social. Estos no siempre dan los cuidados de calidad y apoyo psicológico que requieren.
Este desapego con la madre, se manifiesta por la indiferencia social para con los
padres, que a diferencia de otras culturas, los adultos mayores son reverenciados
como pilares de las familias como en Japón. En México, se tenía hasta finales del siglo
pasado, este sentimiento de gratitud con los padres y se les atendía en su vejez. En el
siglo XXI, estos cuidados han cambiado en la sociedad, sin pensar que en un futuro, si
la vida lo permite, vamos a estar en la misma situación y necesidad.
En nuestra época, existe un grupo numerosos de madres que sufren aún más que las
anteriores, sí, son aquellas madres que han perdido sus hijos por secuestro, extorsión,
trata de blancas o reclutamiento forzado.
Madres que diariamente salen en lo personal o en colectivos, a buscar el paradero de
su hijos e hijas, ya que las autoridades han sido incapaces de hacerlo.
Para muestra basta un botón, está el caso de la joven Edith Guadalupe Valdéz
Saldívar, de 21 años de edad, quien fue encontrada sin vida días después de haber
asistido a una entrevista de trabajo. La madre y familiares denunciaron la desaparición
de la joven a las autoridades correspondientes el mismo día de la aparente entrevista.
Los agentes de la Fiscalía de la Cd. de México se negaron a iniciar la búsqueda bajo el
planteamiento de que tendrían que pasar 72 horas para definirlo como desaparición.
Los agentes fueron denunciados más tarde por la familia de la joven, de haberles
solicitado dinero para acelerar la búsqueda. Fue necesario la contratación de un
investigador privado para dar con el paradero de la víctima.
Las estadísticas recientes hasta Marzo de 2026, hablan de que México supera más de
130,000 desaparecidos, lo que se considera una cifra de desapariciones sin
precedentes, tantos, que una Comisión de la ONU en torno a Derechos Humanos, esta
planteando como alarmante las cifras registradas y, solicita a la Asamblea General, que
examine la situación de desapariciones forzadas en nuestro país.
Mujeres, madres de diferentes edades, con escasos recursos materiales, diariamente
inician la búsqueda de sus hijos en parajes desolados, desiertos, canales, lagunas,
cerros y cualquier lugar del que tengan indicios en los que puedan estar los restos de
sus seres queridos. Han desarrollado sus propias técnicas y estrategias de búsqueda
muy por debajo de las herramientas que usan los peritos en criminalística, pero con
resultados sorprendentes. Encuentran calzado, prendas de vestir, algunas joyas y
restos humanos con los que pueden después verificar mediante estudios de ADN, si
corresponden a sus familiares.
Otras madres, en consecuencia, siguen siendo amenazadas por el crimen organizado,
para que dejen de buscar. Ante la negativa de las madres y familiares, y con una férrea
voluntad y valentía, algunas de ellas han sido asesinadas por el simple hecho de
buscar la paz interior de encontrar al menos, los restos de sus hijos, hijas, hermanos,
padres y darles cristiana sepultura.
La indolencia de autoridades en niveles municipales, estatales y federales ante esta
enorme tragedia, posicionan internacionalmente a nuestro país, como una de las
naciones más inseguras para vivir y con alto riesgo de secuestro y extorsión.
En la República Mexicana no se visualiza un clara intención de combatir este crimen y
otros de índole conocidos. Se maquillan las cifras de desaparecidos y las recientes
solicitudes de extradición del gobierno norteamericano a funcionarios de primer nivel en
México, acusados de trabajar con el crimen organizado, muestran la protección que
reciben los criminales ante estos delitos.
A estas madres mexicanas, nuestro más sincero pésame y condolencias ante la
situación que viven, pero igualmente nuestro gran reconocimiento por su arrojo y
decisión de seguir luchando y haciendo lo que las autoridades, desafortunadamente, no
hacen.
