Por Alberto Montenegro
Recientemente nuestra Sociedad ha escuchado una palabra que genera alarma y en ocasiones temor, la palabra microplásticos ha tomado relevancia particularmente a inicios de este año, múltiples estudios científicos como el de earth.org mencionan que se realizó un estudio de grasas extraídas de las arterias a 257 personas. Descubrieron que el 58% de ellos tenía microplásticos y nanoplásticos incrustados en sus arterias. Al hacerles seguimiento durante casi tres años, confirmaron que las personas con plástico en sus arterias tenían un riesgo 4.5 veces mayor de sufrir un infarto, un derrame cerebral o morir por cualquier causa, en comparación con quienes estaban libres de plástico. Por otro lado Cardiac Wire menciona que hicieron un análisis a donantes de sangre sanos y encontraron microplásticos en el 80% de ellos. El polietileno de tereftalato (PET, el plástico común de las botellas de refresco y agua) fue el polímero más detectado en el torrente sanguíneo.
Lo que es aún más alarmante es lo publicado en Environment International mismo que nos dejó saber que Científicos en Italia detectaron por primera vez partículas de microplásticos en todas las zonas de la placenta humana (en embarazos completamente normales), demostrando que estas sustancias logran romper la barrera placentaria que protege al feto.
Vivimos en la era del plástico. Está en la ropa que vestimos, en los neumáticos del coche que nos lleva al trabajo y, inevitablemente, en el agua que bebemos. Ante la avalancha de titulares apocalípticos que aseguran que estamos “colonizados” por plástico por dentro y por fuera, la Organización Mundial de la Salud (OMS) ha intentado poner un manto de fría racionalidad sobre la mesa. Su veredicto inicial suena reconfortante: con los datos actuales, el riesgo para la salud humana es “bajo”.
Sin embargo, si leemos la letra pequeña de los informes del organismo internacional, la supuesta calma se transforma en una inquietante advertencia. La postura de la OMS no es una carta de inocencia para el plástico; es un reconocimiento de nuestra propia ignorancia.
El argumento técnico de la organización es puramente mecánico. Las partículas de microplástico que superan los 150 micrómetros son, a grandes rasgos, demasiado grandes para cruzar nuestras barreras intestinales. Entran por la boca y salen por el baño. El cuerpo, en su infinita sabiduría evolutiva, los descarta. Hasta ahí, todos podemos respirar aliviados.
El verdadero problema y el núcleo del asunto radica en lo que la OMS admite que no hay certeza con la información.
“La ausencia de evidencia científica no es evidencia de ausencia de peligro.”
La propia organización reconoce un vacío de información alarmante respecto a los nanoplásticos, partículas miles de veces más pequeñas que un glóbulo rojo, capaces de infiltrarse en las células y burlar el sistema inmunitario. Tampoco sabemos con certeza qué pasa a largo plazo con el “cóctel químico” (bisfenoles, ftalatos y metales pesados) que estos plásticos transportan como caballos de Troya hacia el interior de nuestro organismo. La OMS actúa como un árbitro que pita el final del primer tiempo admitiendo que no tiene visibilidad sobre la mitad de la cancha.
Mientras la burocracia institucional avanza a un ritmo pausado, la ciencia independiente corre a toda velocidad. Estudios recientes ya detectan estas partículas en placentas, cerebros y arterias, vinculándolas directamente de forma estadística con un mayor riesgo de infartos. ¿Debemos esperar a que la OMS acumule décadas de estudios perfectos para empezar a preocuparnos?
Afortunadamente, la propia organización responde que no. En un acto de sensatez, la OMS invoca el principio de precaución. Su mensaje subyacente es claro: no necesitamos una autopsia global para saber que el plástico nos está ahogando. Exige a los gobiernos detener la hemorragia de residuos plásticos de inmediato, porque el impacto destructivo en los ecosistemas ya es un hecho irrefutable.
La postura de la OMS no debe ser una excusa para cruzarnos de brazos bajo el pretexto de que “aún no está demostrado el daño en humanos”. Al contrario, debe ser el empujón definitivo para exigir regulaciones más estrictas y cambiar nuestros hábitos de consumo. Minimizar el uso de plástico no es una moda ecofriendly; es una medida de legítima defensa biológica. Al fin y al cabo, si esperamos a tener la certeza médica absoluta de la OMS, es muy probable que para entonces estemos demasiado plastificados como para reaccionar.
