Por Abraham Romero
Hay algo extraño en nuestra época: nunca habíamos tenido tanta información al alcance de nuestras manos y, al mismo tiempo, nunca había sido tan fácil estar desinformados.
Abrimos el teléfono, vemos un video de treinta segundos, leemos un titular y, de repente, ya tenemos una opinión sobre el gobierno, un candidato, una guerra al otro lado del mundo o un problema social que lleva décadas sin resolverse.
Ya no necesitamos conocer una historia para juzgarla. Nos basta con conocer el fragmento que el algoritmo decidió mostrarnos.
Quizá uno de los grandes problemas de nuestra generación es que hemos aprendido a reaccionar antes que a reflexionar.
En política resulta todavía más evidente. Hemos convertido muchas discusiones públicas en una guerra de identidades. Ya no importa únicamente qué propone un político, qué resultados tiene un gobierno o qué consecuencias puede tener una política pública. Muchas veces lo único que importa es quién lo dijo.
Si lo dice alguien de nuestro partido, lo defendemos. Si lo dice alguien del partido contrario, lo atacamos. Si una noticia confirma nuestras ideas, la compartimos; si las contradice, hablamos de manipulación.
Eso no es pensamiento crítico. Es fanatismo político con acceso a internet.
Y esto no pertenece exclusivamente a la izquierda, a la derecha, al gobierno o a la oposición. Todos podemos caer en ello. La desinformación no tiene ideología; encuentra terreno fértil donde existe poca disposición para cuestionar nuestras propias creencias.
Tener una ideología no es malo. Defender una causa tampoco. El problema aparece cuando nuestras ideas dejan de ser principios y se convierten en trincheras.
Cuando dejamos de escuchar porque ya decidimos quién tiene la razón.
Y entonces aparece una pregunta incómoda: ¿cuántas de nuestras opiniones realmente son nuestras?
Este fenómeno tampoco termina en la política. Está presente en las discusiones sociales que dominan nuestra época.
Hablamos de feminismo, patriarcado, migración, violencia, inseguridad, discriminación e identidad de género. Son temas reales y complejos, pero muchas veces los reducimos a una publicación, una consigna o una pelea en comentarios.
“Cuando opinar se vuelve más importante que informarse” Abraham Romero
El feminismo puede convertirse en una caricatura de “odio hacia los hombres”; el patriarcado puede utilizarse como explicación automática de cualquier problema; la migración puede reducirse a “fronteras abiertas o cerradas”; y cualquier discusión sobre identidad de género puede terminar en ataques personales.
Lo mismo ocurre con la inseguridad. Después de un hecho violento, las redes se llenan de expertos improvisados. En cuestión de horas aparecen culpables y soluciones, pero pocos se detienen a revisar datos, causas o antecedentes.
Tenemos respuestas para problemas que todavía no nos hemos tomado el tiempo de comprender.
La realidad no siempre cabe en buenos contra malos. Una política puede tener beneficios y consecuencias negativas. Una persona puede defender la igualdad y cuestionar una propuesta concreta. Podemos preocuparnos por los derechos de los migrantes y, al mismo tiempo, considerar necesaria una política migratoria ordenada.
Pensar así requiere algo que las redes sociales no suelen premiar: matices.
Vivimos rodeados de discursos diseñados para influir en nosotros. Gobiernos, partidos, medios, influencers y grupos de interés compiten por nuestra atención. Un mensaje emocional puede viajar mucho más rápido que un análisis serio. Y nosotros participamos en ese proceso cada vez que compartimos algo sin verificarlo o atacamos a alguien únicamente por pensar diferente.
Nos gusta hablar de manipulación política como si fuera responsabilidad exclusiva de los políticos. Pero también existe una responsabilidad ciudadana.
No podemos exigir mejores políticos mientras renunciamos a ser mejores ciudadanos.
Y aquí los jóvenes tenemos una responsabilidad particular. Tenemos acceso a herramientas que generaciones anteriores jamás tuvieron: podemos consultar documentos, comparar medios, escuchar distintas perspectivas e investigar prácticamente cualquier tema.
Pero tener acceso a información no significa estar informados.
El verdadero pensamiento crítico consiste en saber qué creer, por qué creerlo y estar dispuesto a cambiar de opinión cuando los hechos lo exijan.
“Cuando opinar se vuelve más importante que informarse” Abraham Romero
Decir “me equivoqué” debería ser una señal de inteligencia, no de debilidad. Decir “no tengo suficiente información para opinar” debería ser considerado responsabilidad, no ignorancia.
Si queremos participar en política, necesitamos algo más que entusiasmo: necesitamos preparación. Si queremos cambiar nuestra sociedad, necesitamos algo más que indignación: necesitamos propuestas.
La democracia no necesita ciudadanos que piensen igual. Necesita ciudadanos que sepan por qué piensan como piensan.
Hoy todos quieren tener la última palabra.
Quizá nuestra generación debería aprender a querer algo más importante: tener mejores argumentos.
Porque opinar es fácil. Compartir es fácil. Juzgar es fácil.
Lo difícil es detenerse, investigar, escuchar al que piensa diferente y aceptar que quizá no tenemos toda la razón.
En una época donde todos quieren hablar, informarse puede convertirse en un acto de rebeldía.
Opinar es un derecho. Informarse es una responsabilidad. Y pensar por cuenta propia es una de las formas más importantes de ejercer nuestra libertad.
