lunes, agosto 24, 2026
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¿Y si el pecado original fue la primera ruptura de simetría en la creación?

by EdiciónJuárez
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Por Eduardo Huízar

Hay preguntas que pertenecen a la ciencia. Hay preguntas que pertenecen a la teología. Y hay otras que se encuentran justamente en la frontera entre ambas, donde no tenemos respuestas definitivas, pero sí tenemos derecho a preguntarnos.

Esta es una de ellas:

¿Y si el pecado original hubiera sido la primera gran ruptura de simetría en la creación?

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Hablo desde mi fe Católica y desde una inquietud que surgió al reflexionar sobre algo que la física moderna nos ha mostrado: nuestro universo está lleno de asimetrías.

Pero vayamos al principio.

El libro de Génesis presenta un mundo radicalmente diferente al que conocemos. DIOS crea y, al terminar su obra, la declara buena. El ser humano vive en el Edén. La creación aparece como un sistema ordenado, completo y sin la corrupción que caracteriza nuestra existencia actual.

Entonces ocurre la ruptura.

Adán y Eva desobedecen.

Y después de aquella desobediencia aparece algo que para nosotros resulta tan cotidiano que difícilmente podemos imaginar un mundo sin ello: la muerte.

En la tradición cristiana, este acontecimiento ha sido entendido como la entrada del pecado y de la muerte en la experiencia humana. El apóstol Pablo lo expresa de manera directa en Romanos: por medio de un hombre entró el pecado en el mundo y por el pecado la muerte.

Pero hay algo todavía más interesante.

El relato bíblico no presenta las consecuencias del pecado únicamente como un problema espiritual del ser humano. La propia creación queda afectada.

La tierra se vuelve difícil de cultivar. Aparecen el sufrimiento, el dolor y finalmente la muerte. En Romanos 8, Pablo habla incluso de una creación sometida a corrupción y que espera ser liberada.

Desde esta perspectiva teológica, podríamos imaginar el Edén como una realidad en la que no existía aquello que hoy consideramos inevitable: nacimiento, envejecimiento, deterioro y muerte.

Y entonces ocurre una ruptura.

Una especie de antes y después.

Antes: perfección.

Después: corrupción.

Aquí es donde mi pensamiento comienza a encontrarse con una pregunta científica.

La física nos dice que existe una dirección temporal asociada al aumento de la entropía. Los procesos cotidianos tienen una dirección que reconocemos intuitivamente: una estrella nace, evoluciona y muere; un organismo nace, crece, envejece y muere; una montaña se erosiona; un edificio se deteriora; una taza se rompe.

El universo que conocemos está lleno de procesos irreversibles.

El pasado y el futuro no parecen ser equivalentes.

Existe una flecha del tiempo.

Y entonces me pregunto:

¿Qué pasaría si la muerte, la corrupción y el deterioro que caracterizan nuestra realidad fueran parte de una condición posterior a aquella ruptura descrita en Génesis?

Estoy proponiendo una reflexión.

Porque hay algo que resulta sorprendente: en la narración bíblica, la creación comienza en un estado de orden y perfección, y después de la desobediencia aparece la corrupción.

En la física, por otra parte, nuestro universo observable presenta una dirección temporal asociada a procesos irreversibles y al crecimiento de la entropía o el desorden.

Son lenguajes completamente diferentes.

Pero ambos describen, cada uno desde su propio campo, una transición que resulta profundamente familiar:

De un estado de orden hacia un estado de desorden y deterioro.

Y aquí aparece una idea todavía más atrevida.

En la física se han visto asimetrías que aparecen en diferentes escalas.

En el mundo microscópico, el experimento de Chien-Shiung Wu demostró que la interacción débil distingue entre izquierda y derecha.

En la física de partículas existen otras violaciones de simetrías.

El universo contiene una enorme diferencia entre materia y antimateria.

Y en la cosmología existen observaciones que han llevado a algunos investigadores a estudiar posibles direcciones preferentes o anisotropías a gran escala.

Todas estas cosas me llevan a una pregunta:

¿Por qué el universo está lleno de asimetrías?

Es legítimo preguntarnos si algunas de ellas podrían tener un origen más profundo.

Y entonces regreso a Génesis.

Como creyente, puedo plantearme una posibilidad:

¿Y si la caída del ser humano representa, en términos teológicos, una ruptura primordial del orden de la creación?

Antes, vida sin muerte.

Después, vida y muerte.

Antes, perfección.

Después, corrupción.

Antes, un estado que la Biblia describe como “bueno”.

Después, un mundo marcado por el sufrimiento, el deterioro y finalmente la muerte.

La palabra “simetría” no aparece aquí como un concepto bíblico. Es una palabra que tomo prestada de la física para expresar una idea: la ruptura de un estado de equilibrio y perfección.

Y quizá aquí aparece la parte más provocadora de esta reflexión.

¿Podría aquella ruptura estar relacionada, de alguna manera que todavía no comprendemos, con la flecha del tiempo?

No lo sé.

La ciencia tampoco lo sabe.

La física puede describir cómo funciona la entropía, pero todavía existen preguntas profundas sobre por qué el universo comenzó en un estado de entropía tan baja y por qué existe una flecha temporal tan marcada.

La teología, por su parte, ofrece una narrativa diferente: la creación, la caída, la corrupción y, finalmente, la promesa de restauración.

Y esa última parte resulta particularmente interesante.

Porque la historia bíblica no termina con Génesis.

Termina con la esperanza de una creación restaurada.

En el Apocalipsis aparece nuevamente una imagen extraordinaria: un mundo en el que ya no habrá muerte.

Es decir, la Biblia comienza con una creación sin muerte y termina con una creación en la que la muerte vuelve a desaparecer.

Entre ambos extremos está nuestra experiencia actual.

Una existencia marcada por el tiempo, el nacimiento, el envejecimiento, la enfermedad, la degradación y la muerte.

Desde mi perspectiva de creyente, resulta imposible no preguntarme si esa condición es precisamente aquello que la Biblia quiso describir cuando habla de una creación sometida a corrupción.

Pero hay una pregunta que, al menos para mí, permanece:

¿Y si las asimetrías que encontramos desde las partículas hasta las galaxias fueran parte de una historia mucho más profunda sobre el origen de la realidad que habitamos?

Como creyente, no necesito convertir una especulación en una certeza.

Pero creo que la fe y la ciencia pueden convivir con una pregunta abierta.

La ciencia pregunta: ¿cómo funciona esta realidad?

La fe pregunta: ¿qué significa esta realidad?

Y quizá algún día descubramos que detrás de las innumerables asimetrías que observamos existe una historia común.

Una historia que comenzó perfecta y buena pero en un momento la simetría se rompió.

La física lo expresa mediante ecuaciones.

La Biblia lo expresa mediante una crónica.

Y yo, como creyente, no puedo evitar preguntarme si ambas, desde lenguajes completamente distintos, están intentando señalarnos hacia una misma verdad: que nuestro universo actual, caótico y asimétrico, es el resultado del Pecado Original.

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