Por: Irvin Alonso Ruiz
En nuestro país, la democracia no inicia en las urnas, se abre en el método que implementan los partidos políticos para decidir quiénes serán los que salgan en las boletas. Es decir, lejos de ser procesos abiertos y transparentes, se siguen desarrollando bajo un control interno de las dirigencias o acuerdos políticos de cada partido, dejando a un lado la participación ciudadana.
Históricamente, las cúpulas partidistas han operado bajo una lógica de jerarquía en las decisiones relevantes, en especial en la selección de candidaturas. Aunque en los discursos se habla de apertura ciudadana y democracia interna, en la realidad solo existe el control, donde los liderazgos de cada partido negocian y validan cada perfil para finalmente definirlos como sus candidatos.
Con el paso del tiempo, la evolución hacia los procesos internos se ha institucionalizado, como ejemplo las convenciones de delegados o elecciones internas, pero su naturaleza ha sido mantener el control en las dirigencias. En la actualidad, el sistema político es más plural, aunque los esquemas utilizados tanto por el PRI como por MORENA y el PAN mantienen a las dirigencias con un papel determinante en la definición de candidaturas.
En el PRI, los mecanismos se desarrollan mediante acuerdos políticos conocidos como “decisión por delegados”; en MORENA, el discurso de apertura contrasta con procesos donde las candidaturas son previamente acotadas y finalmente definidas mediante encuestas; y en el PAN, aunque manejan métodos más estructurados, los llamados “grupos internos” continúan teniendo un peso importante en la decisión, aunque en las próximas elecciones implementen las encuestas.
Frente a estas prácticas, las elecciones primarias representan un mecanismo de participación ciudadana que permite que los partidos políticos realicen procesos de selección de candidaturas no solo para sus militantes, sino también para que la ciudadanía en general pueda elegir directamente a sus candidatos mediante el voto.
Las elecciones primarias pueden ser cerradas, abiertas o semiabiertas, pero el principio fundamental que comparten es transferir las decisiones desde las élites partidistas hacia la población. Participación directa, imparcialidad entre los aspirantes, reglas claras y resultados transparentes son algunos de los beneficios que brindan certeza en las candidaturas.
Algunos partidos han adoptado las encuestas como mecanismo para definir candidaturas, generando este método como una forma de “escuchar a la gente”. Sin embargo, en la práctica siguen siendo cuestionables: ¿quién diseña las encuestas?, ¿a quién o a cuántas personas se encuesta?, ¿por qué no siempre se transparentan los resultados completos?
Si bien las encuestas pueden ser una herramienta útil para entender la opinión pública, difícilmente logran un proceso electoral con las características antes mencionadas. Más que empoderar a las personas, este modelo puede terminar legitimando decisiones previamente tomadas, al grado de que unos cuantos deciden por millones de ciudadanos.
Por un lado, los partidos han mantenido la resistencia para ceder el control interno y, por otro, existe una ciudadanía más informada y exigente que demanda procesos más abiertos, lo que permite pensar que el futuro de la selección de candidaturas podría avanzar hacia esquemas más participativos donde las elecciones primarias jueguen un papel central.
La transformación hacia las elecciones primarias no dependerá solamente de la voluntad de los partidos, sino de la presión de la sociedad. Abrir las candidaturas a la votación de la ciudadanía es una condición necesaria para fortalecer la legitimidad democrática. Hoy en día, las iniciativas para establecer elecciones primarias en México no han fracasado: simplemente nunca las han dejado nacer.
