Por: Eduardo Huízar
Vivimos una época fascinante. La inteligencia artificial escribe textos, analiza datos, crea imágenes y toma decisiones complejas. Ingenieros humanos han logrado diseñar sistemas capaces de imitar procesos cognitivos que durante siglos consideramos exclusivamente humanos.
Pero este avance tecnológico abre una pregunta más profunda que cualquier algoritmo:
Si la inteligencia humana puede producir inteligencia artificial,
¿quién produjo la inteligencia humana?
La ciencia moderna sostiene que el universo, a través de procesos físicos, químicos y biológicos, dio origen a la vida. La evolución, mediante selección natural, habría desarrollado cerebros cada vez más complejos hasta llegar al cerebro humano. Esto implica que no requirió una mente para dar origen a la inteligencia humana.
Sin embargo, aquí aparece una paradoja.
La inteligencia artificial no surgió de los procesos antes descritos.
Requiere de una mente. Diseño, intención, planificación, matemática, propósito etc. son facultades de una mente.
Nadie piensa seriamente que un sistema de IA apareció por accidente en un laboratorio abandonado. Siempre inferimos mente detrás de código complejo.
Entonces surge la analogía inevitable:
Si la inteligencia artificial necesita inteligencia previa,
¿por qué la inteligencia humana no necesitaría también una Inteligencia previa?
Algunos dirán que la evolución explica la complejidad biológica. Y es cierto que la biología describe mecanismos de cambio y adaptación. Pero describir un proceso no equivale necesariamente a explicar su fundamento último.
La física puede explicar cómo funcionan las neuronas.
La química puede explicar reacciones moleculares.
La biología puede explicar los cambios y adaptación.
Pero ninguna de estas disciplinas responde plenamente por qué existe conciencia, moral y dignidad humana.
La inteligencia humana no solo calcula.
Reflexiona sobre el bien y el mal.
Busca verdad.
Crea arte.
Se pregunta por su origen.
Y ahora, además, crea inteligencia artificial.
Aquí está el punto central de mi reflexión:
Si el universo es puramente material y carente de intención,
¿cómo puede producir algo que posee intención?
Si el universo es moralmente neutro,
¿cómo puede producir seres que reconocen dignidad objetiva?
Mi conclusión personal es esta:
La inteligencia no es un accidente tardío del universo.
La inteligencia es anterior al universo.
No creo que la materia ciega haya producido mente.
Creo que una Mente produjo la materia.
Dios no es una hipótesis científica.
Es una afirmación metafísica.
Y para mí, es más coherente afirmar que una Inteligencia superior creó al ser humano con la capacidad de comprender, crear y diseñar, que afirmar que la inteligencia es un subproducto fortuito de partículas sin propósito.
La inteligencia artificial, paradójicamente, no disminuye la idea de Dios.
La fortalece.
Porque cada vez que vemos código complejo, inferimos diseño.
Y el cerebro humano es más complejo que cualquier algoritmo.
La pregunta no es si la ciencia propone modelos evolutivos.
La pregunta es si esos modelos evolutivos explican el origen de la humanidad.
Yo no lo creo.
La mente humana creó la inteligencia artificial directamente.
No inició con circuitos simples esperando millones de años para que “evolucionaran” hasta convertirse en IA.
Entonces, si Dios es infinitamente superior a la mente humana, ¿por qué habría usado un proceso lento, biológico y evolutivo para crear al ser humano?
