lunes, febrero 9, 2026
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El arte como herramienta de prevención, crear también es cuidar

by EdiciónJuárez
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Por: Sofía Medrano

¿Por qué seguimos esperando a que las crisis estallen para intervenir? En un contexto social atravesado por el estrés, la violencia, la fragmentación de los lazos comunitarios y el aumento de las problemáticas emocionales, las estrategias de prevención suelen limitarse a la corrección de conductas o a la atención de conflictos ya instalados. Frente a este escenario, resulta urgente incorporar una herramienta poderosa, accesible y profundamente humana que aún no ocupa el lugar que merece en las políticas y programas preventivos, el arte con enfoque terapéutico.

El arte no es solo recreación ni un complemento cultural, es un lenguaje alternativo capaz de dar forma a aquello que muchas veces no puede decirse con palabras. En ámbitos educativos, comunitarios y de salud, los talleres de herramientas arteterapéuticas generan espacios seguros de expresión, donde las personas pueden simbolizar sus emociones, conflictos y experiencias. No se trata de formar artistas, sino de habilitar procesos de exploración, juego y creación que fortalezcan los recursos internos.

La prevención no comienza cuando el problema estalla, sino mucho antes, cuando se crean condiciones de escucha, contención y construcción de sentido. En este punto, el arte funciona como un puente: entre lo individual y lo colectivo, entre el silencio y la palabra, entre el aislamiento y la pertenencia. Su carácter accesible, sin requerir habilidades técnicas ni conocimientos previos, lo convierte en una herramienta especialmente valiosa para trabajar con infancias, adolescencias, personas en situación de vulnerabilidad y comunidades atravesadas por experiencias traumáticas.

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El proceso creativo compartido favorece la regulación emocional, fortalece la autoestima y promueve el desarrollo de habilidades sociales. Al crear, las personas no solo producen una obra: construyen narrativa, identidad y vínculo. En el trabajo grupal, la creación colectiva fomenta la empatía, el respeto por la diversidad y el reconocimiento del otro, constituyéndose en uno de los factores protectores más sólidos frente a la violencia, las conductas de riesgo y las problemáticas de salud mental.

Incorporar herramientas arteterapéuticas en programas de prevención implica también un cambio de paradigma. Supone dejar de mirar a las personas únicamente desde la carencia, el déficit o el diagnóstico, para reconocer su capacidad creativa como motor de transformación. El arte no “cura” en el sentido médico tradicional, pero acompaña, sostiene y habilita procesos de autoconocimiento, resiliencia y fortalecimiento subjetivo.

Asimismo, su impacto trasciende lo individual. En el ámbito comunitario, el arte contribuye a reconstruir lazos, recuperar memorias colectivas y generar diálogo donde antes había silencio o conflicto. En las instituciones educativas, se convierte en un canal clave para el abordaje de las emociones, la prevención del acoso y la promoción de una convivencia más saludable. En los espacios de salud, humaniza la atención y devuelve protagonismo a las personas en sus propios procesos.

Apostar por el arte en las políticas de prevención no es un lujo ni una moda pasajera, es una necesidad social, ética y política. Es reconocer que crear también es cuidar, y que la capacidad de sanar y prevenir está profundamente ligada a la capacidad de expresarse.

Tal vez sea momento de que el sistema escuche aquello que el arte viene diciendo desde hace siglos, que la expresión es el primer paso hacia el bienestar.

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