martes, julio 7, 2026
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El día que la camiseta nos recordó que somos más que nuestra división política  

by EdiciónJuárez
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Por Irvin Alonso Ruiz

 México es un país experto en el arte de la disección social. Hoy en la actualidad, pareciera que nuestro deporte nacional favorito no es el fútbol, sino el afán de etiquetarnos, confrontarnos y trazar líneas divisorias invisibles, pero profundamente arraigadas en el día a día. Nos convertimos en una sociedad fragmentada en binarismos casi caricaturescos: o eres CHAIRO o eres FIFÍ; o defiendes a capa y espada la transformación de morena o añoras con nostalgia azul el que en su momento fue el régimen del pan. Incluso cuando intentamos escapar de la política, caemos en la trampa del sectarismo los de Juárez contra los de Chihuahua, la frontera contra la capital de Chihuahua.

Vivimos en un estado de crispación permanente donde el diálogo se sustituye por el monólogo sordo y el insulto en redes sociales. Parecía que no compartíamos un terreno común, que el tejido social se había desgarrado tanto que no quedaba espacio para volverlo a unir.

Sin embargo, el fútbol; ese “Espejo de la patria” que tantas veces criticamos por sus excesos comerciales y sus carencias estructurales, volvió a obrar el MILAGRO. Bastaron noventa minutos, un pitido inicial y el color verde tiñendo las tribunas para que el milagro de la tregua social se manifestara.

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En un abrir y cerrar de ojos, las etiquetas que nos asfixiaban se desvanecieron. El militante que por la mañana marchaba con el puno en alto termino abrazado, al borde del infarto por un poste en el último momento, con el empresario al que un día antes tildaba de adversario. El aficionado del AMERICA y el de CHIVAS, habitualmente incapaces de compartir la misma mesa sin discutir, sumaron sus voces en un solo grito sordo y desesperado para empujar un balón que parecía resistirse a entrar.

El fenómeno fascinante y, a la vez, una enorme lección de humildad para la clase política y los sembradores de discordia: la identidad nacional no se decreta desde una mañanera ni se destruye desde un tuit opositor. La identidad se siente, vibra y late en colectivo.

Ver a una nación entera paralizarse, sintonizar la misma frecuencia y sufrir por el mismo anhelo demuestra que las diferencias que tanto nos desgastan son, en realidad, superficiales. Cuando juega la selección mexicana, el país se mira al espejo y se reconoce completo. No hay chairos, no hay fifís, no hay conservadores ni liberales; solo hay MEXICANOS con el corazón en un hilo, compartiendo la misma frustración ante el arbitraje y la misma euforia desmedida ante el gol.

Esta catarsis colectiva nos obliga a una reflexión profunda. Si somos capaces de deponer las armas del prejuicio por un balón de fútbol, significa que la empatía no está muerta, sino anestesiada por la polarización cotidiana. La selección mexicana logró, en poco tiempo, lo que parecía imposible: recordarnos que compartimos un destino común y que, más allá de como decidamos construir un país, el suelo que pisamos y los colores que nos conmueven son exactamente los mismo. Ojalá aprendamos a conservar un poco de esa unión por nuestro país.

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