martes, noviembre 3, 2026
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ADÁN y el ADN: La “entropía genética”

by EdiciónJuárez
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Por Eduardo Huízar

Hay una hipótesis que circula en ciertos círculos creacionistas que resulta inquietante: la llamada “entropía genética” (degradación del ADN). Según modelos como los desarrollados por John Sanford y el programa Mendel’s Accountant, las mutaciones perjudiciales se acumularían generación tras generación hasta provocar un deterioro crítico de la información genética humana en un lapso de unos 6 mil años (aproximadamente 300 generaciones).

Si se acepta una cronología bíblica literal que sitúa a Adán alrededor del 4004 a.C., entonces nosotros estaríamos viviendo precisamente en el momento en que, según esos modelos, la humanidad debería haber colapsado genéticamente y dejado de existir hace ya varios siglos. Y, sin embargo, seguimos aquí.

Esa simple observación abre una pregunta que, desde una perspectiva cristiana, resulta provocadora: ¿qué pudo haber intervenido para que la entropía genética no siguiera su curso “normal”?

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La respuesta que quiero explorar en esta columna es la siguiente: Cristo.

San Pablo llama a Jesús el “último Adán”. Por un hombre entró la muerte; por otro llega la vida. Si Adán representa el comienzo de una humanidad caída, Cristo representa el comienzo de una humanidad restaurada. La fe católica sostiene, además, que en la Eucaristía Cristo está realmente presente: cuerpo, sangre (¿ADN?), alma y divinidad. Quien comulga no recibe un símbolo, sino a la Persona misma de Cristo.

Tengo entendido que la Iglesia no enseña que la Eucaristía repare el ADN ni que tenga un efecto biológico medible. Esa idea no forma parte de la doctrina. Pero, como hipótesis personal, cabe preguntarse: ¿podría el contacto real y reiterado con el Cuerpo y la Sangre de Cristo haber tenido, a lo largo de los siglos, un efecto de refuerzo o contención sobre la naturaleza humana, incluida su dimensión genética?

En la escala cronológica que estamos usando, entre Cristo y nosotros habrían transcurrido unos 2 mil años. Si la Eucaristía hubiera actuado como un factor de estabilización genética, eso explicaría por qué la humanidad no colapsó en el momento en que, según los modelos de entropía, debería haberlo hecho.

Y aquí aparece el segundo momento de la hipótesis.

A partir de 1970, con la introducción generalizada del Novus Ordo Missae, tradicionalistas y sedevacantistas han sostenido que los cambios litúrgicos fueron tan profundos que afectaron la validez misma de la consagración o, al menos, la plenitud de la presencia eucarística tal como se entendía antes. Si se aceptara esa premisa —y subrayo que es una premisa discutida incluso dentro del catolicismo tradicional—, entonces cabría preguntarse si el “refuerzo” que la Eucaristía habría proporcionado durante siglos se habría debilitado o interrumpido a partir de esa fecha.

Desde esa perspectiva, el aumento acelerado de ciertos trastornos del neurodesarrollo (como el espectro autista) y de algunas enfermedades en las últimas décadas podría interpretarse, dentro de esta hipótesis, como una señal de que el freno a la entropía genética se ha aflojado. No afirmo que esa sea la explicación. Solo señalo que, si uno sostiene las dos premisas anteriores (entropía genética + Eucaristía como factor de contención), la coincidencia temporal resulta llamativa.

Uno de los fenómenos que llaman la atención es el aumento de los diagnósticos de trastorno del espectro autista. Las estimaciones de mediados del siglo XX hablaban de pocos casos por cada 10 mil niños; en 2022, la red de vigilancia del CDC estimó una prevalencia de aproximadamente 1 de cada 31 niños en Estados Unidos. También se ha registrado un aumento en la incidencia de ciertos cánceres infantiles que según datos oficiales aumento aproximadamente un 33 por ciento entre finales de los 70 y la década de 2010 y sigue aumentando.

Esta columna solo formula una pregunta que, desde una lectura literal de Génesis y una fe real en la presencia de Cristo en la Eucaristía, me parece legítima:

Si la humanidad, según ciertos modelos, debería haber colapsado genéticamente alrededor de los 6 mil años desde Adán, ¿fue Cristo —a través de su Cuerpo y su Sangre entregados en la Comunión— quien impidió que esa degradación siguiera su curso? ¿Y qué ocurre cuando esa Comunión, según algunos, deja de ser exactamente lo que era?

No tengo la respuesta. Pero creo que la pregunta merece ser planteada.

Porque si Cristo es el nuevo Adán, entonces su obra de restauración tal vez no se limitó al alma. Tal vez tocó también, de un modo que todavía no comprendemos, la raíz misma de nuestra naturaleza caída.

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