Por Orlando Radilla
Cada vez que abordó el tema de la vida pública en el salón de clases, casi siempre ocurre lo mismo. Veo algunas caras de aburrimiento, suspiros y, en ocasiones, hasta cierto rechazo. Y la verdad, no los culpo mis alumnos han crecido en una época en la que la política les llega principalmente a través de videos cortos, memes, publicaciones en redes sociales, acusaciones entre políticos y discusiones que muchas veces duran lo que dura un video de un minuto. También han visto campañas electorales que, en ocasiones, parecen más concursos de popularidad que discusiones serias sobre los problemas que enfrenta la sociedad.
Por eso no sorprende que para muchos jóvenes la palabra “política” tenga una connotación negativa. Para algunos significa corrupción, engaño, pleitos o simplemente algo que hacen los políticos y que poco tiene que ver con su vida cotidiana, hace unas semanas, mientras hablábamos de un tema de actualidad en clase, un alumno levantó la mano y me dijo algo que, en realidad, resume bastante bien lo que muchos piensan:
“Profe, ¿para qué perder el tiempo informándonos o votando si al final todos los políticos y partidos son iguales y nada va a cambiar?”
La pregunta me pareció importante, no porque estuviera de acuerdo con ella, sino porque refleja un sentimiento que está cada vez más presente en nuestra sociedad el cansancio y la desconfianza hacia la política.
Mi respuesta fue sencilla: “podemos estar decepcionados de los políticos, pero eso no significa que podamos estar al margen de la política.”
Y es que una cosa es la política y otra muy distinta son los políticos.
La política no comenzó con las campañas electorales modernas ni pertenece exclusivamente a los partidos, si no viene desde la antigua Grecia, el concepto de política estuvo relacionado con la vida de la polis, es decir, con la manera en que una comunidad organiza sus asuntos y toma decisiones sobre aquello que afecta a todos.
Aunque muchas veces no lo notemos, la política está presente en varios aspectos de nuestra vida. Está en el costo del transporte que utilizamos para llegar a la escuela o al trabajo, en los servicios públicos, en la seguridad de nuestras calles, en la pavimentación de las mismas inclusive en el presupuesto destinado a la educación.
El deterioro de una calle, la falta de agua en una colonia, la inseguridad o la falta de oportunidades para los jóvenes no aparecen de la nada, detrás de esas situaciones existen decisiones, presupuestos, prioridades y personas que ocupan espacios que tienen responsabilidad pública.
Por eso creo que pensar que “no meterse en política” nos mantiene neutrales es un error, podemos decidir no participar, por supuesto, pero las decisiones políticas van a seguir afectándonos, además que siempre trato de dejar claro a mis alumnos que el participar en política no significa pertenecer a un partido, militar en una organización o querer ocupar un cargo público.
Como docente, mi objetivo no es decirles por quién votar ni qué partido deben apoyar, mi responsabilidad es algo mucho más sencillo, pero también más importante: enseñarles a pensar, cuestionar y formar sus propios criterios. Si algo no nos gusta de la política, primero tenemos que entender cómo funciona después podemos cuestionarla y, si queremos cambiar algo, participar.
Se acercan nuevos procesos electorales y seguramente volveremos a escuchar muchas promesas, campañas, debates y discusiones en redes sociales, pero el participar no debería reducirse únicamente a acudir a una casilla y marcar una boleta, así pues, implica informarnos, revisar la trayectoria de quienes buscan un cargo, analizar sus propuestas y preguntarnos si realmente son viables, significa aprender a distinguir entre información, propaganda y simple ruido en redes sociales.
Y después de la elección, la participación tampoco termina.
Ser ciudadano no significa solamente votar. También significa exigir cuentas, interesarnos por lo que ocurre en nuestra colonia, participar cuando tengamos la oportunidad, debatir con argumentos y mantenernos informados sobre lo que sucede en nuestra ciudad y en nuestro país.
Tal vez nunca logremos que a todos les guste la política. Y tampoco tendría por qué ser así, pero sí creo que necesitamos aprender a dejar de verla como algo ajeno, podemos cuestionar a los políticos, desconfiar de un partido, estar en desacuerdo con un gobierno o simplemente no sentirnos representados por ninguna opción. Todo eso forma parte de una sociedad plural.
Lo que no deberíamos hacer es pensar que nuestra indiferencia nos deja fuera del juego.
A mis lectores y a cualquier persona que sienta que la política es un terreno ajeno, les diría lo mismo que les digo en el salón de clases, la política no pertenece únicamente a quienes ocupan un cargo público. También nos pertenece a nosotros, porque cuando dejamos de participar, alguien más toma las decisiones y si permitimos que el cansancio o la indiferencia nos conviertan en espectadores, después no debería sorprendernos descubrir que otros están escribiendo las reglas que también van a determinar nuestra propia vida.
Si no nos involucramos en la política, la política seguirá influyendo en nuestra vida, queramos o no.
