Por Abraham Romero
El mundo atraviesa una etapa de profundas contradicciones políticas y sociales. Mientras en distintos países crecen los movimientos que prometen recuperar el orden, transformar sus naciones o terminar con los errores de gobiernos anteriores, miles de jóvenes participan en protestas, debates y movimientos políticos. Sin embargo, también existe una realidad preocupante: muchas de estas discusiones terminan convirtiéndose en enfrentamientos entre quienes defienden una ideología y quienes piensan diferente. La pregunta es inevitable: ¿estamos aprendiendo a comprender la política o simplemente estamos aprendiendo a elegir un bando?
El crecimiento de determinadas corrientes de derecha no puede entenderse sin observar el desgaste de algunos gobiernos y la decepción de ciudadanos que esperaban mejores resultados. En distintos países, problemas como la inseguridad, el costo de vida, el desempleo y la falta de oportunidades han alimentado la inconformidad social. Cuando un gobierno promete transformar la realidad, pero una parte de la población considera que sus condiciones no han mejorado, resulta comprensible que comience a buscar alternativas.
En este contexto, los errores de determinados gobiernos de izquierda han contribuido al descontento de sectores ciudadanos. México, por ejemplo, permite discutir la relación entre las promesas políticas, los resultados de las políticas públicas y la confianza en las instituciones. No obstante, sería un error atribuir todos los problemas nacionales a una sola ideología: para comprenderlos debemos analizar las decisiones de gobierno, las condiciones económicas, las instituciones y los resultados concretos. La crítica política pierde fuerza cuando sustituye la evidencia por generalizaciones.
Pero el crecimiento de la derecha tampoco significa que todas sus propuestas sean acertadas. El Salvador ofrece un ejemplo relevante para analizar esta contradicción. Las políticas de seguridad impulsadas por el gobierno de Nayib Bukele han coincidido con una reducción pronunciada de la violencia homicida reportada oficialmente. Al mismo tiempo, organizaciones de derechos humanos han documentado preocupaciones sobre detenciones arbitrarias, condiciones penitenciarias y garantías judiciales. Esto obliga a plantear una pregunta necesaria: ¿cómo debemos evaluar a un gobierno que obtiene resultados valorados por una parte de la población, pero cuyas medidas también generan cuestionamientos sobre los derechos fundamentales? Reconocer los avances reportados no exige ignorar sus costos, del mismo modo que señalar sus problemas no obliga a negar los cambios que muchas personas han experimentado.
La cuestión, por tanto, no consiste únicamente en determinar si la izquierda o la derecha están ganando terreno. También debemos preguntarnos qué lleva a los ciudadanos a respaldar determinados proyectos y qué tan dispuestos están a cuestionarlos después de otorgarles su confianza. Un movimiento puede aprovechar el descontento de la población sin tener soluciones suficientes, mientras que otro puede llegar al poder con propuestas atractivas y terminar decepcionando a sus propios seguidores. Ninguna ideología garantiza, por sí sola, un buen gobierno.
En medio de este escenario se encuentra la juventud. Las nuevas generaciones tienen una capacidad importante para participar en la vida pública, impulsar cambios y cuestionar las decisiones de quienes gobiernan. Sin embargo, también pueden quedar atrapadas en una dinámica donde la pertenencia a un grupo importa más que la comprensión de sus ideas.
Defender una postura política no es negativo; el problema aparece cuando dejamos de examinar sus fundamentos, ignoramos sus errores o consideramos que cualquier persona que discrepa de nosotros es un enemigo.
Las redes sociales forman parte de esta contradicción. Nunca habíamos tenido tantas posibilidades de acceder a noticias, opiniones y acontecimientos internacionales en cuestión de segundos. Aun así, tener información disponible no significa necesariamente comprenderla. Los contenidos falsos, los mensajes sacados de contexto y los algoritmos que personalizan lo que vemos pueden dificultar el contacto con perspectivas distintas. Cuando solamente escuchamos a quienes piensan como nosotros, corremos el riesgo de confundir la repetición de una idea con su comprobación.
La polarización tampoco es responsabilidad exclusiva de los ciudadanos. Los gobiernos, los partidos, los dirigentes y los medios de comunicación tienen una influencia importante en la manera en que se presentan los problemas públicos y se describe a quienes discrepan. Cuando el adversario es retratado sistemáticamente como una amenaza y no como alguien con quien se puede debatir, el diálogo pierde espacio. Sin embargo, cada persona también tiene una responsabilidad: verificar lo que comparte, conocer las propuestas que defiende y evitar reproducir afirmaciones únicamente porque favorecen a su grupo político.
Aquí aparece otra contradicción: mientras algunas personas se movilizan para exigir cambios, otras se alejan de la política porque han perdido la confianza en sus instituciones o consideran que su participación no hará ninguna diferencia. Esta distancia puede ser comprensible cuando existen decepciones, pero también puede dejar las decisiones públicas en manos de quienes participan sin cuestionar suficientemente a sus representantes. La ciudadanía no termina su responsabilidad el día de las elecciones.
Como joven que considera importante la participación política, creo que debemos recuperar la disposición a estudiar, preguntar y analizar antes de defender una postura. Esto implica reconocer los errores de los gobiernos que no compartimos, pero también los de aquellos con los que simpatizamos. Significa entender que cambiar de partido no garantiza automáticamente un cambio positivo y que cuestionar a nuestros propios representantes no equivale a traicionar nuestras convicciones.
El desafío de nuestra generación no consiste en pensar todos de la misma manera, sino en aprender a defender nuestras ideas sin renunciar al pensamiento crítico. Antes de respaldar una propuesta, debemos conocer sus principios; antes de rechazarla, comprender sus argumentos; y antes de juzgar sus resultados, revisar la evidencia.
Porque una sociedad democrática necesita algo más que ciudadanos dispuestos a elegir entre la izquierda y la derecha. Necesita personas capaces de cuestionar a quienes gobiernan, exigir resultados y reconocer que ninguna ideología está por encima de la realidad. Al final, la pregunta no debería ser solamente a qué bando pertenecemos, sino cuánto estamos dispuestos a aprender antes de decidir.
