—Ganan likes, pero no votos
—No tienen estrategias de campaña
—Partidos y gobiernos moverán el voto
Las campañas para elección de jueces, magistrados y ministros hasta ahora han sido malísimas coinciden los duchos en los temas electorales. Destacan la ausencia de estrategias propagandísticas efectivas y mensajes claros.
Comentan que lo que debería ser un proceso electoral serio y dinámico se ha transformado en un espectáculo político extraviado. En lugar de transmitir propuestas claras y contundentes, los aspirantes parecen perdidos en un laberinto de mensajes carentes de sustancia y poco efectivas.
Los más de 3,000 candidatos luchan por destacar en un mar de mensajes populistas, eslóganes vacíos y una desconexión palpable con la ciudadanía. Las campañas, en lugar de ser el puente entre los aspirantes y los votantes, parecen una obra improvisada donde cada actor pretende brillar bajo un guion inexistente.
La elección judicial debería ser un momento clave para fortalecer las instituciones democráticas. Sin embargo, los aspirantes han confundido las redes sociales con una plataforma de entretenimiento. Faltos de creatividad y de una estrategia sólida, sus mensajes resultan confusos y vacíos.
¿Cómo puede conectarse la ciudadanía con candidatos que parecen más interesados en ganar likes que en exponer propuestas claras y relevantes y con un gran sentido común?
La falta de diferenciación entre los candidatos es otra piedra en el camino. Todos hablan en términos técnicos que solo un jurista podría entender, dejando a un lado a la mayoría de la población. Si bien el poder judicial requiere de figuras capacitadas y conocedoras, también es cierto que los votantes necesitan entender quiénes son, qué representan y qué proponen. La complejidad no debe ser excusa para la desconexión.
Además, los topes de gasto impuestos por el Instituto Nacional Electoral complican aún más la situación. Con límites que oscilan entre los 220 mil pesos para jueces y 1.5 millones de pesos para ministros, los candidatos han optado por recursos propios y campañas de bajo presupuesto, muchas veces carentes de profesionalismo. Desde jingles simplones hasta el uso de Inteligencia Artificial o sonideros, y hasta bailes, las tácticas parecen buscar más la novedad que la efectividad.
Pero el problema no es solo técnico o financiero. La verdadera cuestión radica en la falta de conexión emocional con los votantes. Las redes sociales, aunque son herramientas poderosas, no funcionan por sí solas. Requieren estrategia, posicionamiento y mensajes coherentes. Sin estas bases, las campañas se vuelven balas al aire que no logran impactar a nadie.
Lo más preocupante es que la apatía hacia estas elecciones sigue creciendo. Los votantes parecen desconectados de un proceso que debería importarles profundamente. Algunos candidatos, aparentemente confían en que las estructuras partidistas y sindicales serán suficientes para movilizar el voto, han descuidado el esfuerzo de conquistar a las personas de manera genuina.
En una campaña no solo se trata de mensajes, sino de construir un puente entre el candidato y el ciudadano. Y en esta obra teatral de la política, conectar con el público es como bailar: se necesita ritmo, coordinación y, sobre todo, pasión. Algo que, tristemente, parece faltar en esta contienda.
