México enfrenta uno de los momentos más turbulentos y cruciales de su historia reciente en su relación diplomática con Estados Unidos.
De acuerdo con especialistas, no se había visto una racha tan compleja ni arriesgada del país con los vecinos del norte desde el asesinato del agente de la DEA, Kike Camarena, en los años ochenta.
El detonante, fue la reciente solicitud de extradición del gobernador de Sinaloa, Rubén Rocha Moya, junto con otros nueve funcionarios, realizada por el Departamento de Justicia de Estados Unidos debido a presuntos vínculos con el narcotráfico y el financiamiento ilegal de campañas.
Lo anterior ha puesto en jaque al gobierno de la presidenta Claudia Sheinbaum y al movimiento de la Cuarta Transformación, fundado por el expresidente Andrés Manuel López Obrador.
Atrás quedaron los tiempos en que la política se cocinaba exclusivamente en los pasillos del poder nacional. Hoy, los hilos se tensan desde Washington, y la balanza se mueve al ritmo de intereses trasnacionales y presiones diplomáticas sin precedentes.
La presión estadounidense estalló por varios factores clave, entre los que destacan la decisión de la presidenta Claudia Sheinbaum de viajar a Barcelona para asistir a la IV Cumbre en Defensa de la Democracia, (también conocida como la primera Global Progressive Mobilisation), celebrada el pasado 17 de abril.
A esa cumbre acudieron líderes de la izquierda como, Pedro Sánchez, de España; Lula Da Silva, de Brasil; Gustavo Petro, de Colombia; Yamandú Orsi, de Uruguay, así como la participación de más de 100 partidos políticos progresistas y 3 mil delegados entre activistas, sindicatos, académicos y líderes internacionales.
La presidenta estuvo presente, tomándose fotografías junto a quienes son considerados adversarios políticos de Donald Trump. Este acto fue percibido en la Casa Blanca como una señal clara de que el gobierno mexicano respalda el fortalecimiento de las fuerzas progresistas para contrarrestar a gobiernos conservadores como el actual de Estados Unidos.
Como respuesta Donald Trump aseguró que: “México está perdido y Estados Unidos es su única esperanza”.
Otro de los motivos por los que Estados Unidos se puso más duro con México fue que el gobernador Raúl Rocha intentó armarle una protesta al embajador Ronald Johnson durante su visita al estado, justo cuando el diplomático iba a anunciar una inversión millonaria de su país.
Rocha tenía miedo de que el embajador enviara mensajes que comprometieran a su gobierno, por lo que optó por armar una protesta en contra de Johnson, sin embargo, el equipo del embajador detectó a tiempo la intentona del gobernador y cambiaron de sede.
Ahí, Ronald Johnson no se anduvo con rodeos: lanzó un mensaje fuerte sobre la corrupción y advirtió que las sanciones contempladas en el T-MEC iban en serio. Dijo entre líneas que Estados Unidos venía con todo y, como ahora sabemos, se refería a la solicitud de extradición contra el gobernador Rocha, apodado ya el “narcogobernador”, junto con varios funcionarios de Morena.
La situación se agravó aún más tras la muerte de dos agentes de la CIA en la Sierra de Chihuahua, durante un operativo que desmanteló el mayor laboratorio de fentanilo registrado en el país.
Este episodio puso los reflectores sobre la gobernadora Maru Campos, quien le dio luz verde a la chamba de los agentes gringos en el estado y, como era de esperarse, se llevó una lluvia de críticas de la presidenta Sheinbaum.
La primera mandataria no se anduvo con rodeos y politizó el asunto, acusando a Estados Unidos de meterse donde no le llaman y de querer pasarse de listo con amenazas a la soberanía nacional.
Durante varios días seguidos, Sheinbaum se le fue con todo a la gober y a CIA desde la mañanera, poniendo el tema en la boca de todos y avivando el conflicto diplomático.
Los medios gringos no tardaron en subirse al tren de la advertencia del embajador Johnson, mientras la presidenta, ya entre la espada y la pared y visiblemente agotada, enfrentaba un ultimátum que podría cambiar para siempre el rumbo de su gobierno y el futuro de Morena.
Los medios nacionales e internacionales han replicado que, en los cuartos de crisis de la Casa Blanca, se comenta que, si la presidenta Sheinbaum no se coloca del lado correcto de la historia, su mandato será “efímero”.
Hasta ahora, Claudia Sheinbaum ha defendido a ultranza a Rubén Rocha Moya, pese a las numerosas pruebas de vínculos con el narcotráfico y dinero “sucio” en campañas de Morena.
Las historias contadas por los medios y el vox populi, de maletas de dinero entregadas por el grupo de los “Chapos” a Morena en la Sierra de Sinaloa, son parte de la narrativa que se maneja en los círculos políticos y mediáticos.
Sheinbaum insiste en que “no hay pruebas”, pero los tratados de extradición entre México y Estados Unidos presuponen la existencia de suficientes elementos para entregar a los acusados, quienes al pisar suelo estadounidense tienen 60 días para enfrentar cargos ante un jurado.
Para muchos duchos de estos temas queda claro que la presidenta está rodeada por asesores de dudosa eficacia y lealtad, porque la llevan a un pantano del que difícilmente podrá salir si no rectifica el camino pronto.
Por ahora, Sheinbaum le echó la pelota a la Fiscalía General de la República y dijo que no hay pruebas suficientes para extraditar a Rocha. Con eso, queda clarísimo que está moviendo el asunto a su conveniencia y usando el caso como jugada política.
El papel de Andrés Manuel López Obrador es fundamental en todo este entramado. Aunque ya fuera de la presidencia, sigue moviendo los hilos desde Palenque, mediando en cónclaves y negociaciones que buscan evitar el desmoronamiento de Morena y mantener la cohesión de la Cuarta Transformación.
La influencia de AMLO es tal que Rocha Moya se siente respaldado y dispuesto a resistir la presión, amenazando con revelar secretos que podrían poner en jaque a la presidenta y a todo el partido.
Aunque la realidad en la cúpula del movimiento de la 4T el temor es fundado, la amenaza de una operación de fuerzas especiales estadounidenses para extraer políticos mexicanos, empezando por Rocha Moya, es más real que nunca.
Muchos creían que ver una intervención gringa al puro estilo de Venezuela o Irán era cosa de películas, pero con los últimos movimientos del Departamento de Justicia, la verdad es que eso ya no suena tan descabellado. Si en Palacio Nacional no cambian el rumbo y la forma de hacer las cosas, esa bronca podría estar a la vuelta de la esquina.
Por lo pronto la presidenta continúa insistiendo en que “sin pruebas no hay nada que temer”, el mensaje parece estar dirigido a Rocha Moya y a todos los personajes que han gozado de impunidad bajo el sistema actual, pero la corte del Distrito Sur de Nueva York ha demostrado ser implacable, encarcelando a capos y políticos por igual.
Así que solo queda esperar, el tiempo decidirá si la justicia llega desde el extranjero o si la impunidad para los protegidos de la cuatroté sigue reinando en México.
