lunes, abril 6, 2026
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Un verdugo llamado pacifismo

by EdiciónJuárez
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Por: Pbro. Carlos Muñoz Caselin

Imagine que unos hombres irrumpen en su casa, se llevan todo lo que ha conseguido con
esfuerzo y, no conformes, intentan llevarse a sus hijos para cometer con ellos todo tipo de
atrocidades. ¿Se quedaría de brazos cruzados? ¿Se consideraría violento por defender su
patrimonio y su familia? Cualquier persona en su sano juicio defendería a los suyos, incluso
con violencia si fuera necesario, pues se trata de una legítima defensa.

Por desgracia, este sentido común se está perdiendo, debido a ideologías que proponen la
paz como valor absoluto, ignorando el derecho a la defensa propia, necesaria en muchas
circunstancias de la vida.

El reciente conflicto en Oriente Medio, donde están involucrados países, como Irán, Estados
Unidos e Israel entre otros, pone nuevamente sobre la mesa un tema de gran importancia, a
saber: ¿es necesario recurrir a la violencia para resolver nuestras diferencias?

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No pretendemos analizar si las razones de los países en conflicto son justas o no. Solo
tomamos el tema de la guerra actual como punto de partida para analizar si la violencia es
reprobable en todos los casos y en todas las circunstancias.

La prensa progresista, también llamada woke, aprovecha los tiempos de guerra para condenar
toda violencia de manera absoluta, promoviendo que ésta debe evitarse a toda costa, sin
considerar las circunstancias de cada caso.

Curiosamente, a los cristianos o naciones de raíz cristiana, se les critica si recurren a la
violencia, esperando que nunca se defiendan. Para justificarlo, se alega que Cristo nos enseñó
a poner la otra mejilla y a amar a nuestros enemigos. Con estos argumentos se pretende negar
el derecho que toda persona tiene (incluidos los católicos) a la legítima defensa tanto personal,
como de la verdad, de la patria y de la fe, defensa que no está prohibida por la ley de Dios.

Para un cristiano, el valor supremo es amar y servir a Dios para alcanzar la salvación. La paz
es un valor importante, pero no está por encima de todo. Si alguien ataca los derechos de
Dios, de la Iglesia, de la patria o de la familia, tenemos la obligación de defenderlos, primero
con medios pacíficos y, si no es suficiente, entonces existe el derecho de recurrir a la fuerza,
para proteger, si es preciso con las armas, a la verdad desarmada.

En el Evangelio, vemos a Cristo, el Príncipe de la Paz, usar la violencia para expulsar a los
mercaderes del templo, demostrando que ésta es necesaria en ciertos casos, para defender
los derechos de Dios. Quienes reprueban absolutamente la lucha violenta contra el mal citando
al Cristo de la otra mejilla, ignoran al Cristo del látigo levantado contra los mercaderes.

El consejo de poner la otra mejilla no aplica siempre y la doctrina del pacifismo absoluto, que
pone la paz como valor supremo, como algo que esta por encima de la legítima defensa, es un
verdugo que nos ata de manos, para que cualquier agresor injusto termine con nuestra vida.

El mismo Cristo, al ser abofeteado injustamente ante el sumo sacerdote, no puso la otra
mejilla, antes bien reclamó: “Si he hablado mal, prueba en qué está el mal; y si he hablado
bien, ¿por qué me golpeas?” En aquella circunstancia, callar habría sido aceptar una calumnia
y desacreditar su enseñanza.

No caigamos en el engaño, cuando la mentira se extiende causando daño moral, callar y no
defenderse sería cobardía y complicidad.

Practiquemos la paz, pero nunca renunciemos a nuestro derecho a la legítima defensa ni
dejemos nunca de defender la Verdad.

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