martes, abril 14, 2026
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“Bájate del pedestal”: la lección de humildad del investigador más productivo de Chihuahua

by EditorJRZ
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Hay investigadores que parecen hechos de cifras, de publicaciones y de reconocimientos. Pero cuando el Dr. Jorge Luis García Alcaraz se detiene un momento en las escaleras del Instituto de Ingeniería y Tecnología de la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez (IIT-UACJ) con el saco colgado del brazo y la mirada tranquila detrás de los lentes, la escena dice otra cosa: que detrás de más de 500 aportaciones académicas hay una historia que comenzó muy lejos de los laboratorios.

No en una gran ciudad ni en un campus universitario, sino en un rancho de Michoacán, donde aprender significaba primero entender la vida. Quizá por eso, cuando habla con sus estudiantes o con otros investigadores, suele repetir una frase que resume su filosofía de trabajo: “bájate del pedestal”.

En el edificio H1, salón 203 del IIT, el Dr. Jorge Luis García Alcaraz recibe a sus visitantes con la sencillez de quien puede hablar de ciencia avanzada… o sentarse a comer un burrito con sus alumnos.

El profesor de tiempo completo es actualmente el investigador con más aportaciones académicas registradas en el Sistema Nacional de Investigadoras e Investigadores (SNII) en el estado de Chihuahua. Su producción impresiona: 524 aportaciones académicas, de las cuales 376 son publicaciones científicas indexadas en plataformas como Scopus, una de las mayores bases de datos de literatura científica del mundo. El resto corresponde a conferencias, congresos y espacios de difusión científica.

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Pero en medio de ese récord aparece una palabra que el propio investigador repite constantemente: humildad.
Para él, ese principio pesa más que cualquier reconocimiento académico.

García Alcaraz habla de su trayectoria sin presunción. Explica que actualmente se encuentra en el segundo año del segundo periodo como investigador nivel III en el SNII, el máximo reconocimiento que otorga el sistema nacional.
Llegar a ese nivel —explica— no es cuestión de publicaciones solamente.

“En el sistema existe una ruta. Para avanzar hay que formar estudiantes. Para alcanzar el nivel II se requiere graduar maestros y para llegar al nivel III, doctores”.

Cuando él llegó a la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez, en enero de 2008, ese camino apenas comenzaba.
En ese entonces impartía clases en Ingeniería Industrial y el departamento ni siquiera tenía programas de posgrado.
“En 2010 me tocó junto a otros colegas, participar en la creación de una Maestría en Ingeniería Industrial y años después, en el Doctorado en Ciencias de la Ingeniería Avanzada”.

Sin embargo, la historia que lo trajo hasta aquí no comenzó en laboratorios ni congresos internacionales, pues comenzó en un rancho.

El doctor García Alcaraz nació en Michoacán. Su padre tenía un rancho de 366 hectáreas —de tierra, pero también de muchas piedras— y desde niño el trabajo formaba parte natural de la vida cotidiana.

A los seis años ya montaba un burro para llevar comida a los trabajadores del campo. En esos recorridos también aprendió a cuidar el ekuaro, un pequeño terreno agrícola de tradición purépecha: parcelas en pendiente, trabajadas a golpe de azada, donde las familias siembran maíz, frijol y calabaza para su sustento.

Se levantaba a las cuatro de la mañana para ordeñar, sembrar, escardar con azadón o tarecua y cortar calabazas.
Aquella vida dejó una enseñanza que hoy repite a sus estudiantes. “Todo trabajo es digno, siempre que no sea ilícito”.

Antes de dedicarse a la investigación, García Alcaraz pasó ocho años trabajando en la industria manufacturera.

Ese periodo cambió su forma de ver la ingeniería.

En la universidad había aprendido a trabajar con modelos, teorías y sistemas, pero en la industria descubrió algo que casi nadie le había enseñado: cómo trabajar con personas.

Y sobre todo, le dio la lección más importante de su vida profesional, tener humildad.

Recuerda que lo aprendió frente a una máquina.

“Cuando un ingeniero recién graduado llega a una planta, suele hacerlo con el orgullo de su título. Pero en la línea de producción te encuentras con operadores que llevan 10 o 15 años trabajando con esa maquinaria. Ten humildad”, dice.

“Porque esas personas saben cosas que ningún libro enseña”.

Para él, el liderazgo comienza escuchando.

Por eso suele insistirles a sus estudiantes:

“Los operadores, los técnicos y el personal de mantenimiento son quienes sostienen el trabajo diario. Por ellos te mantienen en el puesto y por ellos comes. Sé amistoso, detallista”.

También hubo un momento específico que terminó de cambiar su manera de ver el mundo laboral.

Ocurrió durante una auditoría en la empresa donde trabajaba.

Cuenta que el área recibió un reconocimiento por ser la más limpia de la planta, incluso los baños fueron destacados por su estado impecable.

Cuando anunciaron el premio ocurrió algo inesperado.

En lugar de llamar a los ingenieros o supervisores, llamaron a Jaime, el intendente, para que recibiera el reconocimiento.

Ese gesto —recuerda— le enseñó más que muchas clases.

Ahí entendió que cada persona tiene un papel esencial.

Hoy, después de décadas de trabajo académico, cinco doctorados y Mención Cum Laude en cuatro de sus Tesis

Doctorales realizadas en la Universidad de la Rioja, en la Universidad Publica de Navarra, en la Universidad de Zaragoza y la Universidad de Lleida, García Alcaraz insiste en la misma idea.

“Un título no significa que alguien lo sepa todo”.

Para él, cuando un profesionista llega a una empresa es quien debe adaptarse al equipo que ya existe.

“Nadie es más que nadie”, resume.

¿Cuál sería su consejo para sus colegas?

“Que respeten su trabajo”, responde sin titubeos. “La universidad les paga por trabajar ocho horas”.

Entonces, ¿cómo motivarlos?, desde la voz de alguien que lo ha logrado, ¿qué les diría?

“Que hay más. Que se salgan de ese confort. Que vean el mundo más allá de aquí… que salgan y vean qué y cómo lo hacen otros”.

El día que pensó que no volvería

En 2020 la pandemia estuvo a punto de terminar con su historia.

El Dr. García Alcaraz pasó 21 días intubado por COVID-19.

Recuerda ese periodo como una batalla difícil, pero dice que nunca sintió miedo.

Hasta que vio llorar a su hija…

El día que lo sacaron del hospital —24 de julio de 2020— lo trasladaron dentro de una cápsula de aislamiento.

Mientras descendía en el elevador alcanzó a verla.

“Vi a mi hija desde dentro de la cápsula… y empezó a llorar”.

Hace una pausa larga.

“Ahí sí me quebré completamente”.

Por ello, cuando habla de sus logros académicos no duda en señalar a quién se los dedica: a sus hijos y esposa.

Su esposa es médico familiar en la clínica 46, su hija estudia Psicología. Y señala un cuadro en la pared.

“Ese ángel que está ahí es mi hijo, tiene 25 años y es autista”.

También señala unos dibujos pegados en uno de sus libreros.

“Mi hija venía aquí cuando yo escribía libros en los veranos. Se dormía en el sillón y hacía dibujitos”.

Antes de terminar la conversación, el investigador vuelve al concepto que más repite durante toda la charla: “Empatía”, la cual define con una metáfora sencilla: “Empatía es embonar”.

Embona el ingeniero con el operador, el profesor con el estudiante y el conocimiento con la vida cotidiana.

Tal vez esa idea tenga que ver con su historia: un niño que aprendió a trabajar la tierra en un rancho de 366 hectáreas en Michoacán, que durante años arreó ganado y cargó calabazas antes de conocer los laboratorios y las bases de datos

científicas del mundo; un hombre que pasó por la industria manufacturera antes de convertirse en uno de los investigadores más productivos del país y un padre que lloró dentro de una cápsula de aislamiento al ver a su hija durante la pandemia.

Por eso, cuando habla con sus estudiantes, evita cualquier gesto de superioridad académica.

Prefiere resumir toda su filosofía en una escena sencilla.

“Si un doctor tiene enfrente a un estudiante de licenciatura”, dice, “debe recordar algo fundamental”.

Entonces hace un gesto con la mano, como quien baja un escalón.

“Él no puede subir… pero tú sí puedes bajar (aunque la idea siempre es que el estudiante suba)”.

Y tal vez, justo en ese punto intermedio, es donde empieza el verdadero aprendizaje.

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