Nomás porque el escándalo ya estaba agarrando vuelo, la gobernadora Maru Campos decidió ponerle punto final a la novela de su ausencia en el segundo informe de Claudia Sheinbaum.
Y es que después del ruido mediático que levantó la inasistencia de la gober al informe, a la mandataria no le quedó otra que fijar un posicionamiento. Maru finalmente habló y le echó agua al fuego.
La gobernadora dijo que una cosa es ser invitada por compromiso y otra por consideración. Y, después de las acusaciones y la ofensiva política que —según su versión— se ha emprendido en su contra, prefirió no asistir y quedarse atendiendo agenda en Chihuahua. Hasta ahí, todo diplomático.
Pero luego vino el dardo, en estos tiempos de polarización sembrada desde el poder, dijo, no se pueden esperar actos auténticamente republicanos. ¡Sopas! Eso no fue precisamente un saludo de cortesía a la presidenta.
La ausencia de Maru ya había sido interpretada como un nuevo capítulo en sus desencuentros con la Cuarta Transformación. Ahora, con su posicionamiento, queda claro que no fue una simple cuestión de agenda.
Eso sí, la gobernadora cuidó la salida institucional, reiteró su disposición de colaborar con el Gobierno Federal “por el bien de los chihuahuenses”.
Traducido al lenguaje político: no fui, no me sentí bienvenida, pero tampoco quiero romper el puente.
Y mientras unos celebran la postura y otros la consideran desafiante, la silla vacía de Maru terminó hablando más fuerte que cualquier discurso. Vale recordar que en política, las ausencias llevan mensaje.
