En los pasillos de la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez (UACJ) camina discreta, sin máscara, cumpliendo su labor administrativa y asistiendo a clases de la Licenciatura en Entrenamiento Deportivo en el Instituto de Ciencias Biomédicas. Pero cuando cae la noche y el público corea su nombre, se transforma en Baby Star, luchadora profesional, heredera de una dinastía y protagonista de un documental que la llevó a las pantallas europeas y revistas como Vogue y Vanity Fair.
“Viví una infancia feliz porque mis padres siempre estuvieron conmigo, me daban todo lo que les pedía”, recuerda. Aunque había carencias, nunca faltó lo esencial.
De su colonia, la Zapata, habla con orgullo: “Es bella, servicial. Ahí aprendí que se puede vivir cómodamente y en convivencia, porque eso hace que todos seamos felices”.
Hija de un operador de tractocamión y una ama de casa, Baby Star es la mediana de tres hermanas.
De pequeña era “muy hiperactiva, llorona y peleonera”, cuenta entre risas. Peleaba porque no toleraba la injusticia. “No me gustaba que los niños no fueran compartidos. Aunque era una niña, ya entendía lo que era ser compartida y buena persona. Así me inculcaron mis padres”.
Su historia con la lucha libre comenzó antes de nacer. “Mi mamá dice que desde que me traía en la panza”. Su padre y su tío son luchadores. Ella quiso seguir sus pasos, pero por ser mujer no fue sencillo. “Ellos no lo aceptaban, pero me aferré. Dije: sí puedo. Y mi sueño se cumplió”.
A los 14 años inició profesionalmente. Más tarde entrenó lucha olímpica, aunque aclara que es distinta: “La olímpica es al ras de la lona; la lucha libre es espectáculo, es que la gente te vea, que te crea, que coree tu nombre”.
Ha pisado escenarios importantes, incluso la Arena México, en una función privada organizada por el Consejo Mundial de Lucha Libre. “Fue un sueño cumplido. Todos quieren alcanzar ese ring”.
Cuando la gente corea su nombre, confiesa, se siente como una superhéroe. “Nunca te imaginas que la gente te va a querer tanto. Eso es lo que te hace grande”.
Para ella, la lucha no es violencia. “Aprendes respeto y responsabilidad, sabes hasta qué límite llegar”. Se considera pacifista. Aprendió a defenderse porque vive en una ciudad violenta y porque es madre: “Yo soy la superhéroe de mi niña y tengo que saber defenderla”.
Ser mujer en este deporte no ha sido fácil. “Dicen que es para puro hombre, pero nosotras estamos decididas a demostrar lo contrario”.
Sufrió exclusión en la adolescencia. “Cuando supieron que era luchadora, les decían a los compañeros que no se juntaran conmigo. Eso me hacía sentir mal”.
La máscara que porta es una estrella diseñada por ella misma. Cada pico representa a su familia: su padre —Estrella Roja—, su madre, sus hermanas y ella. “Es el símbolo de la dinastía Star”.
Pero no todas las pérdidas han sido deportivas. Perdió un campeonato absoluto femenil. Y perdió a sus gemelos.
“La pérdida de mis bebés fue algo que me cambió la vida. Llegué al grado de que ya no quería luchar, no me quería subir al ring. Es doloroso… pero la vida sigue y tengo un motor por el cual regresé”. Su hija de 10 años.
“Mi niña es mi motor y siempre lo va a ser. Aunque yo esté así, muriéndome, voy a seguir adelante porque siempre voy a poder”. Antes de estudiar, trabajó como guardia de seguridad y vivió en la Ciudad de México cuatro años persiguiendo el sueño de triunfar. “Sufrí mucho, batallé demasiado, a veces no tenía dinero ni para comer, pero aprendí a valorar”.
Regresó a Juárez, entró a trabajar a la UACJ, conoció el entorno, se informó y decidió estudiar.
“Entré porque quería superarme, sacar adelante a mi niña”.
Optó por Entrenamiento Deportivo por coherencia con su vocación de alto rendimiento.
Caminar por los pasillos universitarios tiene un significado especial.
“Pienso que estoy aquí superándome, algún día estaré en otro lado, ayudando a alguien. Por lo pronto estoy agradecida”.
La soledad también ha sido parte de su proceso. En la CDMX hubo días en que, recuerda, “ya no tenía ganas de nada, ni de entrenar ni de luchar”. Hoy, a sus 32 años, entre exámenes, trabajo, maternidad y combates, admite que hay jornadas muy pesadas. “Sí me deja exhausta, pero no me puedo dejar caer”. Llora a veces, pero se levanta.
Su historia forma parte del documental Las Luchadoras, dirigido por Paola Calvo y Patrick Jasim, cineastas europeos que siguieron durante casi dos años de pandemia la vida de cuatro luchadoras fronterizas: Little Star, Lady Candy, Miss Cat y Baby Star.
“El documental muestra nuestra vida personal y como luchadoras, cómo salimos adelante en una ciudad tan violenta”.
La producción se presentó en Reino Unido, España, México y Estados Unidos. Llegaron nominaciones y premios y, sin buscarlo, apareció en revistas internacionales.
“Yo no sabía que eran tan prestigiosas hasta que me lo explicaron”, dice con sencillez. “Es algo que no podía creer”.
Nada de eso cambió su esencia.
“Mientras seas humilde y leal, eso te va a abrir muchas puertas”.
¿Qué has aprendido?
“Que la vida se acaba en un abrir y cerrar de ojos, así que hay que valorarla”.
A la comunidad universitaria le deja una lección que no se aprende en los libros: la disciplina no solo forma atletas, forma carácter; el dolor no siempre te derrota, a veces te redefine y la superación no es un discurso, es una práctica diaria.
A las mujeres de Juárez les dice: “No dejen de brillar nunca. Nunca apaguen su brillo. Somos valiosas”.
¿Cómo quisieras ser recordada?
“Como una mujer luchona, que le echó ganas a la vida, que no se dejó vencer por nada, que sepan que fui una mujer con corazón y alma”.
En la UACJ, Baby Star no solo entrena el cuerpo. Está entrenando el espíritu. Y esa es, quizá, la lucha más importante.
