martes, febrero 3, 2026
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Recogió adolescente una piedra por curiosidad y terminó cambiando la paleontología australiana

by EditorJRZ
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En 1958, un adolescente llamado Bruce Runnegar visitó la cantera de Petrie, en el barrio de Albion, Brisbane. El sitio era conocido por fósiles de plantas del periodo Triásico.

Durante esa visita, Runnegar notó algo distinto en una losa de arenisca: una huella extraña. La recogió por curiosidad y la conservó sin imaginar su relevancia. Décadas después, la ciencia confirmó que ese objeto era “la prueba más antigua del paso de un dinosaurio por Australia”.

Bruce Runnegar no era paleontólogo en ese momento. Era un joven aficionado a la geología. Con el paso del tiempo, dedicó su vida profesional a la paleontología. Gracias a esa trayectoria, años después entendió el posible valor del fósil que había guardado desde su adolescencia.

Ya como profesor, Runnegar contactó al investigador Anthony Romilio, especialista en huellas fósiles. Esa decisión permitió que el hallazgo fuera estudiado con métodos científicos actuales y colocado en su contexto histórico real.

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El fósil fue analizado mediante modelado en 3D y morfometría digital. Estas técnicas permiten medir y comparar formas con alta precisión. El resultado fue claro: la huella tiene una antigüedad de 230 millones de años.

Esto la ubica en el periodo Carniense del Triásico Superior. Hasta ahora, las evidencias más antiguas de dinosaurios en Australia correspondían a un periodo posterior. Por eso, este rastro se considera el más antiguo del continente.

La huella mide 18.5 centímetros y quedó impresa en una losa que formó parte del suelo de una antigua ribera o cauce fluvial. Con el tiempo, los sedimentos cubrieron la pisada y la preservaron durante millones de años.

Esa zona pertenece a la Formación Aspley. Hoy, el lugar original ya no existe. La expansión urbana de Brisbane durante el siglo XX cubrió la cantera con calles y viviendas. No hay posibilidad de volver a excavar. El fósil es el único testimonio físico de ese ecosistema.

El análisis indica que fue un dinosaurio bípedo y ligero, probablemente un sauropodomorfo basal. Este grupo antecede a los grandes dinosaurios de cuello largo del Jurásico.

El animal no era grande: tenía una altura de cadera cercana a los 78 centímetros y un peso estimado de 140 kilogramos. Los cálculos sugieren que podía correr hasta 60 kilómetros por hora, una cifra alta para su tamaño y época.

La forma del rastro coincide con el icnogénero Evazoum, identificado en distintas regiones del mundo y asociado a dinosaurios primitivos. La huella de Brisbane destaca por su tamaño, casi el doble del ejemplar tipo descrito en Italia.

Este dato abre dos posibilidades: una mayor variación dentro del grupo o la existencia de especies aún no identificadas en Australia.

Junto a la huella apareció un trazo lineal de 13 centímetros. Los investigadores consideran que podría tratarse de una marca de arrastre de cola. Sin embargo, no hay certeza.

El bloque fue extraído sin un registro detallado del entorno y no existen otras huellas asociadas. Por eso, los científicos mantienen cautela y evitan afirmaciones definitivas.

Estos restos —la huella y el posible rastro de cola— son las únicas evidencias conocidas de dinosaurios en Brisbane. Además, son las más antiguas de Australia.

Antes de este hallazgo, los registros más antiguos del país pertenecían al periodo Noriense, varios millones de años después.

La cantera de Petrie fue un sitio relevante en los años cincuenta por sus fósiles vegetales. Fue visitada por figuras importantes de la paleontología australiana. En 1951, incluso se mencionaron “marcas extrañas” en el suelo en notas académicas breves.

Nunca se estudiaron a fondo. Muchas huellas se perdieron durante la urbanización o quedaron en colecciones sin catalogar. El fósil conservado por Runnegar probablemente sea uno de esos rastros olvidados.

Actualmente, el fósil se encuentra en el Museo de Queensland. Ahí podrá conservarse y estudiarse de forma adecuada. Su historia muestra cómo objetos aparentemente menores pueden convertirse en piezas clave para entender el pasado.

La huella obliga a ajustar la cronología de la presencia de dinosaurios en Australia. Demuestra que estos animales ya habitaban el continente millones de años antes de lo que se pensaba y que caminaban por zonas que hoy son barrios urbanos.

También refuerza la idea de que los primeros dinosaurios vivían en ambientes húmedos y boscosos, con abundante vegetación.

El caso de Bruce Runnegar muestra el valor de observar y conservar. Lo que comenzó como una salida escolar terminó en un descubrimiento científico clave. Como señala su historia, a veces los hallazgos más importantes no surgen de grandes expediciones, sino de recoger del suelo algo que parece interesante y decidir no olvidarlo.

ElImparcial

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