viernes, junio 5, 2026
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El Enano y las 7 Casas

El personaje central, conocido como el pequeño operador, no necesitaba corona

by JRZnoticias
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En el reino académico del norte existe un castillo llamado Casa de las Liebres, institución noble, formadora de profesionistas y orgullo de la frontera. Pero como todo castillo antiguo, también tuvo pasadizos oscuros.


Durante años, dicen las malas lenguas y las buenas memorias, el castillo no fue gobernado desde la Dirección, sino desde una cueva sindical donde unos cuantos guardianes de la nómina, las plazas y los favores administraron lo público como si fuera patrimonio privado. A esa historia algunos ya la llaman: “El Enano y las 7 Casas”.


El personaje central, conocido como el pequeño operador, no necesitaba corona. Le bastaban una lista de leales, un calendario electoral y trabajadores de compromiso flexible, cuya principal función parecía no ser enseñar ni servir, sino votar cada tres años para conservar el viejo reino sindical.


Así funcionaba el cuento: mientras la Casa de las Liebres cargaba rezagos y abandono, algunos vivían como si la institución fuera una hacienda con clave presupuestal. Las plazas, recomendaciones y beneficios no siempre caminaban por la avenida de la legalidad; muchas veces tomaban atajos por callejones de compadrazgo, obediencia y conveniencia.

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Entonces llegó una nueva administración. Y ahí empezó el drama.


Porque una cosa es hablar de democracia sindical y otra aceptar que se revisen horarios, documentos, antecedentes, nombramientos y privilegios. Para algunos, la legalidad se volvió “persecución”; la puntualidad, “clima de terror”; y cumplir una jornada laboral, casi una tragedia griega.


Las reglas solo duelen cuando se aplican a quienes vivían sin ellas. Entonces aparecieron las siete casas del viejo poder.


Primera casa: la afamada chica plástica.


Fue presentada como símbolo de renovación, pero terminó convertida en carne de cañón de una guerra que no era suya. Le prometieron que sería la nueva mandamás, la heredera del reino sindical; sin embargo, acabó pagando una factura que correspondía al Enano: deshonra, desgaste público y retiro voluntario.


Segunda casa: los antiguos aliados.


Quienes antes caminaron con el Enano hoy guardan silencio o toman distancia. No por valentía, sino por supervivencia. Cuando el barco se hunde, hasta los cómplices descubren principios.


Tercera casa: el líder charro.


Habla de derechos, pero administra obediencias. Dice defender a la base, pero actúa como capataz. Su esposa se siente dueña del Tec y sus hijos berrinchudos pretenden plazas de tiempo completo por apellido, compadrazgo y presión, no por mérito. Incluso se ha querido abrir la puerta a perfiles cuestionables, con antecedentes, conductas y relaciones incompatibles con la honorabilidad que exige una institución educativa. El Tec no es patrimonio familiar: es una casa pública de educación.


Cuarta casa: los documentos milagrosos.


Expedientes dudosos, documentos cuestionables, antecedentes incómodos y puertas abiertas por recomendación. En una institución educativa, tolerar papeles oscuros no es travesura: es traición ética.


Quinta casa: convertir al Tec en una S.A. de C.V.


Algunos actuaron como si la Casa de las Liebres fuera empresa familiar: plazas como acciones, favores como dividendos y la nómina como botín privado.


Sexta casa: usar a la base trabajadora.


Se intentó convertir a trabajadores de buena fe en escudo de una guerra ajena. Se les habló de persecución para defender privilegios; de unidad para proteger intereses personales.


Séptima casa: el aprendiz de tirano.


El pequeño operador fue descubierto. Ya nadie, o casi nadie, atiende sus viejos llamados. Por eso ahora manda esbirras por todo el Tec gritando: “¡Yo creo en el Enano!”, tratando de fustigar, presionar y confundir a la gente trabajadora. Pero el miedo se rompió, la obediencia se cansó y el teatro perdió público.


El problema para la vieja guardia es que los tiempos cambiaron.


Ya no basta gritar “persecución” para ocultar el desorden. Ya no basta invocar al sindicato para justificar excesos. Ya no basta decir “siempre se ha hecho así” para convertir una mala práctica en derecho adquirido.


La Casa de las Liebres merece mucho más que una novela de sótano sindical. Merece una comunidad académica libre, seria y comprometida con su verdadera misión: formar profesionistas, producir conocimiento y servir a la sociedad.


Esta sátira no va contra el sindicalismo auténtico. Al contrario: lo defiende. Porque un sindicato verdadero protege derechos, no privilegios; representa trabajadores, no camarillas; exige justicia, no impunidad.


La moraleja ya está escrita:


Cuando se apaga la luz de los privilegios, algunos descubren que nunca defendieron derechos; solo administraban sombras.
¿Y las siete casas? Eso será materia de una próxima publicación. Porque hay preguntas que tarde o temprano deberán responderse: ¿cómo se explica cierto nivel de vida con un sueldo de profesor? ¿De dónde salió tanta comodidad? ¿Qué favores se cobraron y qué silencios se compraron?


Los cuentos terminan.


Pero los documentos, las auditorías y la memoria colectiva apenas empiezan.

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